Un intento aparentemente desesperado. De Blancanieves y los siete enanos

Por  José Alberto Fernández Simón

Inofensiva, inocente, adorable, positiva, optimista, esperanzadora, hermosa, y en especial educativa, son algunos de los tantos calificativos que motivan a millones de padres a mostrar a sus pequeños el primer largometraje de dibujos animados norteamericano: Blancanieves y los siete enanos (1937). Un relato sencillo y conmovedor para la infancia; además, fácil de recordar: una princesa de la más sublime belleza y bondad, envidiada a muerte por su madrastra, se ve obligada a refugiarse en un bosque. Allí encuentra la casa de siete enanitos que, paralelamente a un curso reformativo en cuanto a normas de limpieza, quedan impregnados de su pureza y deciden protegerla. Por otra parte la reina, al enterarse de que su lacayo no pudo asesinar a Blancanieves, toma el asunto en sus manos, se transforma en una grotesca anciana y hechiza con magia negra la poderosa manzana que, con un solo mordisco, llevaría a la muerte a la princesa. Tras la tragedia, los enanitos y los animales del bosquela lloran desconsoladamente hasta que…insólito, el príncipe llega y con el primer beso de amor la despierta. Entonces, sin más, “vivieron felices para siempre”. Con determinadas, aunque insignificantes variaciones, esa historia se manifiesta como la huella que recuerda la memoria. Si nos gustaron en su momento, las películas animadas transitan frescas en nuestra mente, e intactas advierten sus enseñanzas. Alguna que otra ilusión se rompe por el camino, mas para cuando abrimos los ojos ha llegado el turno de nuestros hijos, y creemos, naturalmente, que deberían verlas.

Imagen promocional de Blancanieves y los siete enanos (1937)

Mi tesis encuentra su apoyatura en una máxima sostenida por los estudios culturales: Los medios producen y fortalecen “sistemas de creencias” a partir de los cuales unas cosas son visibles y otras no, unos comportamientos son inducidos y otros evitados, unas cosas son tenidas por naturales y verdaderas, mientras que otras son reputadas de artificiales y mentirosas (Castro-Gómez, Santiago. Althusser, los estudios culturales y el concepto de ideología (material digital)). En afinidad con dicha idea, entonces es posible examinar a contrapelo la película; sospechar de ella, de su relato, sus personajes, sus escenas, su visualidad, su moraleja. No existen, pues, productos culturales inocentes, sino inocentes que consumen productos culturales; receptores pasivos que, o bien se impregnan de determinadas verdades sin distanciarse críticamente, o bien sustituyen unas verdades por otras. No podemos pensar que Blancanieves y los siete enanos fue concebida para el puro entretenimiento o la simple educación; sino para transmitir contenidos, visiones del mundo y respuestas específicas en relación con el género, la sexualidad, la posición social, la identidad, la ética, la familia, la religión, la belleza, la moral, y demás cuestiones presentes en la agenda existencial de la humanidad. La ideología, desde lo inconsciente, funciona entretejiendo horizontes y representaciones que otorgan sentido a la práctica vital de los seres humanos; consecuentemente permite crear el “nexo social” y mantener el statu quo y el lugar que el sistema ha designado para ellos. De ahí que, el primer largometraje de animación de Disney, es un intento aparentemente desesperado de insuflar “energía” a la lánguida narrativa tradicional burguesa de la sociedad norteamericana, sustentada en los valores de la ética protestante y el puritanismo de la pequeña ciudad.

De acuerdo con el sociólogo Daniel Bell, la ética protestante y el temperamento puritano fueron códigos que exaltaban el trabajo, la sobriedad, la frugalidad, el freno sexual y una actitud prohibitiva hacia la vida. Ellos definían la naturaleza de la conducta moral y de la respetabilidad social. (Bell, Daniel. Las contradicciones culturales del capitalismo. México, D.F, Alianza Editorial, 1989.) El placer, la bebida y el sexo desinhibido formaban parte del no-social, de lo incivilizado; eran comportamientos anormales, dignos hasta de tratamiento psicológico. Sin embargo, axiomas burgueses habían sido atacados desde inicios del XX por una nómina de intelectuales como Van Wick Brooks, Bergson y Emma Goldman. Se demandaba ya la liberación sexual, un mayor cosmopolitismo, una cultura vital; se teorizaba sobre la homosexualidad; se difundían corrientes como el vitalismo, el irracionalismo, el hedonismo, el psicoanálisis; llegaban desde Europa las mareas del simbolismo, el fauvismo; existían modos de pensar, reprimidos hasta entonces, y que pretendían emerger. A la altura de 1937, la sociedad norteamericana abría los ojos al consumo, al cine, a las celebridades, al marketing, a la propaganda y a la producción en masas de automóviles; se creaban mundos alternativos en consonancia con el crecimiento de las ciudades. No extraña que los elementos narratológicos que estructuran la secuencia de la película excluyan toda esta realidad e intenten reanimar un pensamiento fuerte y metafísico en crisis; esencialista e inflexible a otros valores y subjetividades débiles. Como expresa Gianni Vattimo; incluso la constitución espacial en que se desarrolla el relato (el castillo, el bosque y la casa de los enanos) constituye una parábola romántica de la pequeña ciudad, el baluarte por excelencia de la ética trascendente.

Daniel Bell (Nueva York, 10 de mayo de 1919 – Cambridge, Massachusetts, 25 de enero de 2011) sociólogo y profesor emérito de la Universidad de Harvard.

La institución de la familia, otro de los pilares que sostienen, en su modo clásico, los valores tradicionales burgueses, se reafirma a través de ciertas ideas en el filme como velo de un  mensaje ideológico. En el inicio de la versión de Disney, no se hace directa referencia a los padres de Blancanieves; personaje que vive con su madrastra en condiciones deplorables de sirvienta, vistiendo harapos, limpiando, etc. Pero esa situación adversa e inhumana cambia por completo al final, cuando su verdadero amor la despierta con un beso; entonces nace la posibilidad de empezar una familia feliz, estructurada desde su base. Esa poderosa imagen de cierre, con el castillo a lo lejos en el cielo, bañada en un dorado resplandor y que se contrapone visiblemente a las condiciones iniciales, es el futuro de matrimonio que le espera a la pareja, el telos conquistado, la unión de las esencias puras, la felicidad, el saldo positivo del sufrimiento en la vida. Este patrón se suele repetir en varias producciones de Disney precisamente porque la unidad de familia clásica constituye un departamento primordial en el orden del discurso; capaz de reproducir los axiomas dominantes y los mecanismos de poder de la sociedad. Desde dicha institución del deber ser, se pulen los no-comportamientos, los “defectos” y los malos hábitos; desde ahí se controla el azar del devenir social, se afincan los tabúes, las prohibiciones.

La problemática de género aparece en esta película como otra arista crucial, sobre todo alrededor de la figura de Blancanieves; una vez más tributando al fundamentalismo del sistema valorativo tradicional burgués, y en general al falocentrismo de la sociedad norteamericana de los años 30’s. Si bien los 20’s mostraron un rostro más atrevido a través del jazz y la moda, la Gran Depresión obligó a las féminas que tuvieran trabajo remunerado a regresar a sus hogares para que los hombres desempleados tuviesen un puesto. Un afianzamiento de la dinámica del par hombre/mujer se convierte entonces en el objetivo de la estrategia de Disney, respondiendo al conservadurismo que le interesa. De ahí que Blancanieves sea feliz en el rol de ama de casa, y no despierte otro tipo de intereses más allá de saber coser, cocinar, barrer y lavar; un registro que parece suficiente. El estereotipo de mujer explayado en la película, a través de la princesa, se construye desde la prueba de utilidad, la delicadeza, la pasividad, la ingenuidad, la belleza, el recato. La noción de lo que es la mujer tiene una imagen bastante definida y constreñida.

También existen otros notorios síntomas de jerarquización en la película. La última ocasión que la vi se me ocurrió la siguiente hipótesis: quizás durante la realización pasó desapercibido, quizás no; pero, una mirada desde el horizonte actual sospecha del par de personajes Blancanieves-Gruñón, una relación cuanto menos ambigua. Guiños, tensión y algunos flirteos abren una posibilidad: de no haber mordido la manzana ¿se hubiesen enamorado?

Por su puesto, la historia es otra, y el triste envés que se deriva de ella lo pudiesen expresar algunas fórmulas matemáticas medianamente irónicas: P2 >G, siendo P2 y G los valores sociales del príncipe y Gruñón, respectivamente; P1= P2, siendo P1 el valor de la princesa; y P2 >6E + e, tomando a E como el valor social genérico de cualquier de todos los enanos, menos Tontín. Cada una de ellas expresa relaciones que emergen de un modo u otro y que reproducen una verticalización con tintes peligrosamente fascistas. La primera de las fórmulas se refiere a la hipótesis anteriormente esbozada; la segunda se extrae no solo del final de la película, sino de la posición social de los personajes y de sus características físicas y espirituales; y la tercera, del simple hecho de que siete serviles y valientes enanitos, entregados diariamente al sacrificio de las minas y al cuidado de la Blancanieves, fuesen prácticamente castrados cuando ella muere. Impotentes se resignan a no enterrarla por su belleza, derrochan sus ahorros en una urna de oro, y la vigilan eternamente. Ninguno de ellos fue su verdadero amor, y muy a pesar de los créditos que sin dudas poseían; carecían de sangre noble, estatura, cabello negro y un rostro de efebo. El príncipe, por otro lado, aparece en dos ocasiones en la película y resulta suficiente porque encarna el origen, el fundamento.

La jerarquización atribuida a determinados componentes es típica de la sociedad burguesa autocentrada; y se implanta sutilmente hasta en el más mínimo detalle. En las fórmulas anteriores expresaba con una “e” el valor de Tontín, y la razón no sorprende si se analiza la dinámica grupal de los enanos.Por ejemplo, cuando estos infieren la presencia de un intruso en la casa, envían a la fuerza de cebo a Tontín; quien además sufre constantemente de situaciones risibles que endulzan la violencia física de los demás. Tontín no solo es un otro, una identidad incompleta, como el resto de sus camaradas, que funciona exclusivamente para la concreción fáctica de la metafísica de Blancanieves; sino que es el otro del otro, doblemente incompleto por su ineptitud y su incapacidad del habla. Quizás parezca absurdo, pero dichos ejemplos devienen sutiles metáforas del comportamiento social eficientista y el ejercicio del poder.

Me quiero referir, por último, a una escena que funcionará de punto de inflexión para cerrar este ensayo: los enanos en la mina de diamantes. “Cavar, cavar, cavar”… así suena, como un instrumento psicológico para multiplicar la productividad, la canción de trabajo de los siete mineros; y luego de la jornada laboral se disponen a guardar lo extraído en una bóveda. La disciplina de los enanos, su sincronía, su aprovechamiento del tiempo son de carácter casi militar; convirtiéndose en perfectos motivos para exaltar el ahorro, la sobriedad y el trabajo; para hacer fluir la ideología escondida y reproducir el mecanismo burgués de explotación. Los enanos no viven lujosamente, sino que guardan su fortuna para un momento determinado; por la lógica metafísica de la película, terminan utilizándola en la urna de Blancanieves, certificando por ende el ascendente espiritual que se le otorga al trabajo como fin en sí mismo.

Fotograma de Blancanieves y los siete enanos (1937)

Ahora bien, si la película efectivamente se configura en aliento de todo el sistema de valores tradicionales, que como se expuso al inicio se encontraba amenazado ya desde el comienzo del siglo XX por las subjetividades que había apartado y por los cambios manifiestos del panorama del país, ¿por qué llamarle entonces un intento aparentemente desesperado, y no simplemente un intento desesperado? ¿Es objetivo de Disney devolverle el vigor a una ética trascendente que rija el capitalismo?

La pretensión de la abundancia, el consumo y la ganancia como signo de estatus, caras opuestas de los enanos en la mina, erosionaron desde el mismo sistema burgués su ética trascendental; y se podría pensar que Disney contribuye a mantenerla viva, pero realmente la está dejando morir; porque solo muerta puede funcionar en apoyatura a las reales pautas de la sociedad que carece de ellas. El gesto de Disney consiste en invertir, en la superficie, la jerarquía del capital sobre la ética trascendente, creando la ilusión, el espejismo que impide observar la realidad: la jerarquía jamás se invirtió.

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