Referentes de altura en la animación “infantil” Pixar y el pesimismo de Schopenhauer

Por Senén Alonso Alum

Promediaba la década de los noventa del pasado siglo (tumultuoso prefacio para el vendaval tecnológico que sobrevendría con el nuevo milenio) cuando el mundo recibió, en ocasión inaugural, una película totalmente animada en 3D. Bajo el mando de Steve Jobs (1955 – 2011), caudillo digital, el estudio cinematográfico Pixar enarbolaba con deleite toda su libertad creativa. Esta independencia, sin embargo, no dilataría mucho más sus andanzas: Toy Story sería el primer y último largometraje de esta casa de animación ajeno a la intervención artística y mediática de The Walt Disney Company.


Las prebendas económicas, en estrecha comunión con una imponente labor distributiva (que agiganta indetenible a los buenos e inmortaliza de golpe a los mejores), terminaron por domeñar los efluvios de libertad de Jobs y compañía. La empresa del ratón Mickey llegó a varios acuerdos comerciales con su homólogo hasta que, transcurrida una década del rotundo éxito que supuso Toy Story, Disney se hizo con la totalidad de Pixar. El estudio pasaría a engrosar las ya copiosas filas del mayor conglomerado mediático del mundo.


Desde la consumación de esa simbiosis de intereses hasta esta parte han abundado en Disney-Pixar los filmes animados con factura de arte en sus trazos. Retomando el recuerdo de una obra específica, Coco (2017) se alista como recomendación inviolable de un servidor.


La cinta recién aludida se muestra como un homenaje lacrimógeno (la experiencia propia me impide mentir) a la música popular mexicana. Miguel se enrola en un descenso hacia los “infiernos” (divertida alusión resulta su perro Dante) con el fin de ser bendecido por su ídolo musical Ernesto de la Cruz. Solo esta recomendación le permitirá regresar al plano terrenal, abandonado debido a un par de notas pulsadas sobre la guitarra que coronaba el mausoleo del propio de la Cruz. A pesar de su incursión en temas de requerida madurez como la muerte y el espacio que la sobreviene, Coco resultó un éxito de crítica y público, verificándose como la película más taquillera de la historia en México.


Más allá del argumento y sus encantos narrativos, el mundo dispuesto y descrito en este filme es digno de aplausos enaltecidos. Al interior de la “otra vida” reside toda una realidad que remeda el orden estructural de instituciones humanas: habitantes que repletan las calles; una arquitectura material que les brinda asilo y oficios que deben ser cumplidos en tiempo y forma, entre otras evocaciones de nuestro contexto.


Año de prudencias obligadas y ávido de introspecciones, el 2020 clausuró su fatídica andadura con un filme que, bajo el garante rótulo de Pixar, retoma y adecúa asuntos de su ascendiente mencionado más arriba. Soul (2020) fue estrenada el 25 de diciembre en Disney+, servicio de streaming ofrecido por el estudio, debido a la imposibilidad de una exhibición tradicional en salas de cine.


La recaudación, muy por debajo del promedio pecuniario acostumbrado por Pixar (median razones de obviedad monumental), contrasta con el caluroso recibimiento de la crítica. Muchos especialistas, incluso, se atreven a catalogarla como la magnum opus del estudio, relegando a éxitos de la talla de la tetralogía Toy Story, el romance robótico de WALL-E (2008) y la aventura intergeneracional Up (2009) a peldaños secundarios.


Joe Gardner es un talentoso pianista que no vive de la profesión que lo apasiona. Su sustento proviene de las clases de música que imparte en una escuela secundaria. Habiendo conseguido una oportunidad para tocar en el Cuarteto de Dorothea Williams, Joe, de regreso triunfal de su audición y embriagado por el éxtasis que significa “el comienzo de su vida”, no se percata de un hoyo que se agiganta amenazante en el suelo. Nuestro protagonista, en medio de una ráfaga de vitalidad incontenible, muere al despeñarse por este orificio funesto que torció su camino. De esta forma comienza la odisea de Joe (su alma) en busca de un regreso terrenal.


Se antojan evidentes las conexiones hacia Coco: ambos largometrajes estructuran su argumento alrededor de un recorrido sobrenatural, que persigue el regreso a la existencia secular. Dos visiones alternas del universo post mortem: el carnaval implacable que abarrota las calles de ultratumba recorridas por Miguel; la sobriedad impoluta de un plano que anuncia el reposo inmortal para Joe. Aunque, participando de la más enconada sinceridad, su alma nunca termina por arribar al Gran Después (incógnita visual que parece subrayar el desconocimiento humano sobre dicha estancia).


Un deslumbrante deseo de vivir conduce accidentalmente a Joe hasta el Gran Antes, recinto donde son moldeadas las nuevas almas que habitarán el mundo. Llegado a este punto, su espíritu es confundido con el de un eminente psicólogo de raíz escandinava (así lo delata su apellido: Börgensson), a quien se le había encomendado la tarea de aprestar a 22 (un alma que lleva demasiado tiempo sin nacer) para su presencia en la Tierra. Esta será, pues, la tarea que Joe deberá acometer, conjuntamente con su regreso a “casa”.


Innumerables se cuentan las alusiones a personajes ilustres: nombres, figuras y frases recorren todo el metraje, ataviando de dificultad la cabal comprensión de los más pequeños. Desde las fotografías de connotados jazzistas -Louis Armstrong (1901 – 1971), tal vez, el más relevante- que Joe atesora en la escuela, hasta las constantes menciones de preclaros pensadores como Aristóteles (384 a.n.e. – 322 a.n.e.), Karl Gustav Jung (1875 – 1961) o George Orwell (1903 – 1950), el filme exhibe un complejo enramado intertextual.


El cénit de esta multiplicidad de referencias se logra cuando Joe, en el refugio construido por 22, detiene su mirada (y el plano la imita) en una pared abarrotada de nombres. Aquí yacen los onomásticos de incontables mentores que fracasaron en la instrucción de este espíritu rebelde, renuente con fervor al nacimiento.


Después de un visionado detenido del filme, sobre todo en lo relativo a 22 y su condición de nonato perenne, un filósofo y su sistema de pensamiento se descubren influencia indudable. Arthur Schopenhauer (1788 – 1860) es considerado como una de las cumbres del idealismo occidental. Fungió, además, de enlace cultural hacia la filosofía del Oriente, máxime en lo referido al budismo y taoísmo. Resulta también proverbial su militancia en favor de los derechos animales, equiparados, a su juicio, con los humanos. A pesar de esta amplitud e intensidad temáticas, el apartado intelectual de Schopenhauer que mejor ha sorteado los embates temporales es su hondo pesimismo, prefiguración de las corrientes existencialistas que lo sucederán.


El sufrimiento se erige columna medular en la arquitectura ideológica cultivada por el alemán. Esta categoría filosófica es, según postulados schopenhauerianos, inherente a la propia existencia humana, cuya disposición terrenal casi parece exigir una rutinaria cuota de infortunio. Ahora, ya determinada la inevitabilidad del sufrimiento, nos reconocemos a nosotros mismos como entes expuestos a su influencia, restándonos solamente el esforzado intento de fructificar en la desgracia. Así lo entendía el filósofo:


Es a través del sufrimiento que el individuo puede conocerse a sí mismo, percatarse de la estructura del mundo y adoptar una determinada actitud ante la vida. Es sobre esta actitud que acoge el individuo al topar con el dolor del mundo que se erige esta reflexión.”


La desventura fragua hombres de carácter decisorio y voluntad imperturbable. Es en ella, gracias al malestar que nos encaja, que valoramos en su justa medida los instantes sosegados, de poco impacto emocional, si nos arriesgamos a su comparación con las horas de aflicción. Ya que hubimos de incurrir en la necedad del nacimiento (una culpa (calificación dada por los antinatalistas) que recae con rigor en nuestros padres, generadores generosos), estamos casi obligados a catalizar el dolor (ineludible agasajo) y reciclar su vigor en acciones productivas.


Retomando la narrativa de Soul y sus lecturas, 22 posee claridad meridiana de lo que le espera en la Tierra: “(…) en esencia toda vida es sufrimiento. Que en esencia toda vida sea sufrimiento implica instaurar el sufrimiento en el núcleo de la vida. Vida y sufrimiento se igualan, pues lo constitutivo de la vida es el sufrimiento.” Este férreo antinatalismo que luce 22 la acerca considerablemente a la filosofía pesimista de Schopenhauer, quien, si bien no formuló con exactitud un plan de respaldo ideológico para esta tendencia (de popularidad en acenso a día de hoy), sí anticipó su forma definitiva e inspiró a muchos de sus cultores contemporáneos.


Las peripecias del filme, así como sus intenciones de catadura optimista, irán modificando el criterio inicial de 22 con respecto a la vida. Aunque las tribulaciones no se hagan esperar y el agobio sea un riesgo en amenaza constante y cercana, el alma, antes reacia a su gestación, decide apostar por la existencia. Esto, en efecto, no constituye una total negación del pesimismo schopenhaueriano, sino más bien un enriquecimiento de su variante comentada más arriba. Se acepta el sufrimiento como real e inevitable, pero se asume, al mismo tiempo, su utilidad como genitora de una voluntad prudente y reflexiva, cualidades que suelen surgir de la carencia y la zozobra.


Resulta perogrullada declarar la incapacidad infantil para la decodificación eficaz de este largometraje. Mi hermana pequeña no conoce a Schopenhauer e incluso se reveló escéptica ante mi definición de lo que era el “alma”. Aun así, confío en la veracidad de su satisfacción (mezcla de duda y placidez) al comenzar el desfile de los créditos.


Pixar demuestra con este filme las posibilidades que nacen de un pesimismo correctamente subvertido por la motivación exacta, por la “chispa” necesaria. Ratifica, también, que la animación no es cosa de niños.

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