Mucho más que dibujos animados

Por Gretchen García

Mi infancia como la de muchos otros coetáneos, estuvo marcada por la animación japonesa o el anime. Series como Heidi, Marco, Sailor Moon, Voltus V, Ulises 31 y Ángel la niña de las flores, despertaron tanto entusiasmo que era difícil prescindir de aquella tanda del domingo o de la tarde luego de la jornada escolar.


Si bien, generaciones más veteranas asocian su niñez con la animación soviética, para los jóvenes de hoy en día el anime tienen una mayor impronta que Disney u otra compañía de animación. Ello se debe en gran parte a que el anime es uno de los fenómenos más globalizados y vinculados a esta era tecno-social. Desde sus inicios, el anime surgió completamente diferente a la animación de esos momentos. Con el paso de los años ha influenciado a la animación internacional y particularmente, en Cuba, en las nuevas generaciones de animadores.


El termino anime, proviene de la abreviatura animeshon, que es la adaptación japonesa para la palabra inglesa animation (animación). Por increíble que parezca solo en Occidente se utiliza este término para referirse a la producción animada de origen japonés. En cambio, Japón refiere como anime o animeshon a cualquier producto audiovisual animado. La ironía radica, en que el anime en si es todo un universo independiente de la animación tradicional; ya que posee sus propios patrones, características, géneros e incluso categorías.


Este tipo de producción, permite realizar animaciones visualmente atractivas y a un costo menor al de otras técnicas de animación. En Cuba a menudo se refieren al anime como muñequitos chinos, y, es visto como otra animación más para niños. Por ello los adolescentes y adultos que consumen estos productos, sufren de una cierta segregación y burla. Se debe, en gran parte, al desconocimiento sobre las temáticas y el contenido en torno a estas producciones o a la falsa idea de pensar que cualquier audiovisual animado al ser colorido no es realista y por efecto es para niños. La cuestión radica en por qué el anime atraería a un adulto o más específicamente por qué es un fenómeno tan masivo si son solo… unos muñequitos más.


Cabe decir de antemano que el anime se ha convertido en una suerte de hegemonía cultural globalizadora. El fanatismo producido por este género ha llevado a la creación de comunidades culturales y suburbanas; de ellas la más conocida es la otaku. Hablamos de un escenario donde un número de seguidores responden también a una identidad móvil entorno al universo del anime. Fraternizan con sus homólogos, participan en convenciones, intercambian y comercializan merchandising y, sobre todo, usan la tecnología como intermediario sobre todo en la comunicación.


Para aclarar, el termino de subcultura o tribus urbana se utiliza para definir a un grupo de personas con un conjunto con identidades fraternales. En este sentido, es válido señalar que, hoy en día, en Cuba existe una tribu cultural entorno al anime y que se mueve por los mismo patrones que sus homólogas. Para aquellos pocos familiarizados con la cultura nipona o reacios a entender tal impacto sociocultural cabe preguntarse por qué el éxito de este medio en tantos sectores poblaciones.


En primer lugar, parte de su gran éxito está en la narrativa. De forma general, las animaciones americanas, europeas o latinas, se enfocan en contar una historia completa a lo largo del capítulo, al contrario de lo que sucede con el anime, cuyas tramas se desarrollan durante varios y, a veces, muchos episodios. Por otro lado, las series animes siempre tienen un contacto con la vida cotidiana y logran un equilibrio entre lo extraordinario y lo ordinario, lo que permite lograr una identificación con lo que se visualiza. A diferencia del cómic americano, en el anime, los personajes son comunes, con defectos e inseguros y la línea entre lo bueno y lo malo es muy difusa. A ello suma que las animaciones japonesas han demostrado que el bien no siempre triunfa y los finales no siempre son felices.


En el marco de las producciones japonesas, los personajes se vuelven verosímiles; ellos se equivocan, tienen sentimientos negativos y sienten impulsos eróticos. Asimismo, evolucionan a lo largo de la trama y pueden morir incluso si ocupan un rol protagónico, aspecto impensable en la animación tradicional occidental. De esta forma la crudeza y el realismo retratado en sus historias, ya sea fantasiosa o no, impactan en las emociones e invitan a la reflexión.


En segundo lugar, el anime responde a todos los gustos. Por increíble que parezca la animación japonesa está encaminada, como mercado de consumo, a satisfacer toda demanda y expectativa. Es por ello que sus géneros son los más variados, polémicos y profusos. No se trata de los típicos géneros del cine: comedia, romance, western, etc. Sino que se dividirán en dos categorías: una demográfica y otra temática. En el anime, se visualizará desde un alto nivel de violencia y escenas sexuales hasta aventuras con elementos fantásticos, clichés y romanticismo e historias protagonizadas por niños con elementos dramáticos emocionalmente impactantes.


Asimismo, el anime también se clasifica por su temática, las cuales son muy extensas. De ellas las más conocidas son mecha (relacionada a los robot y armas tecnológicas), el gore (terror con mucha violencia y sangre), echi (historias donde se sobreexplota el erotismo y situaciones perversas sin llegar al sexo explícito), hentai (escenas de sexo explicitas), mahō shojo (sobre una adolescente o niña con poderes mágicos), nekketsu (protagonizada por personajes masculinos y abundan las escenas de acción y lucha), sentai (superhéroes), meitanei (género policíaco), romakome (comedias románticas), yaoi/yuri (historias románticas homosexuales entre hombres y mujeres, respectivamente, spokon (género deportivo) y muchas más. El hentai a su vez, contempla un abanico de subgéneros con contenidos que suelen provocar reacciones negativas. Pese a que el anime contempla tantos géneros destinados a un público adulto, fuera de Japón se distribuyen bajo la etiqueta simplista de dibujos animado, lo que erróneamente los ha llevado a ser entendidos como productos exclusivamente infantiles.


En tercer lugar, el anime no obedece a un prototipo establecido. Al ser animaciones, se espera que cumpla con requisitos específicos para ser vistas por un público infantil. Sin embargo, muestra escenas de violencia, referentes sexuales y drogas y por esa razón son criticados y censurados. La desinformación impide ver al anime más allá de una animación infantil; como una forma narrativa más y un consumo audiovisual particular. Un ejemplo de ello lo constituye la película animada La tumba de las luciérnagas, considerada como la tercera película más realista sobre la Segunda Guerra Mundial y cuya crudeza emocional ha sido objeto de cesura. Sin embargo es un filme sumamente emotivo y didáctico.


Por último, el anime presta mucha atención a la representación de valores humanos. Gran parte del pensamiento social y las etiquetas japonesas quedan reflejadas en sus historias con énfasis en las relaciones familiares y de amigos, al sacrificio y la lealtad y el respeto hacia la naturaleza. La perseverancia y la voluntad para enfrentarse a las circunstancias más duras también suelen ser pilares en sus líneas de acción dramática. Su trasfondo emocional llega a ser sumamente impactantes ya que reflejan la brutalidad humana, el dolor por la pérdida de un ser querido y la soledad como realidades propias de la vida del hombre.


Más que una suerte de fanatismo, el anime se posiciona como una marca social y una etiqueta colectiva; creando un universo cultural globalizado y retroalimentativo. La naturaleza física de sus producciones no le resta ni realismo, ni seriedad, ni crueldad o emoción. Son mucho mas que dibujos animados.

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