Troya o los grandes conceptos sobre los que se construyó la humanidad.

Por: Katheryn de Armas

La historia recuerda a los reyes, no a los soldados.

Agamenon

Si se te planteara la siguiente pregunta que elegirías: ¿la gloria eterna o la seguridad de tu país?

En extremos opuestos de este debate filosófico se encuentran dos de los protagonistas de Troya, libre adaptación del poema épico de Homero, La Ilíada. Aquiles lucha por honor y renombre, Héctor lo hace por su gente, su nación y su hermano.

Sería complejo intentar decidir cuál de los dos tiene razón. Las guerras de conquista han asolado al mundo casi desde sus inicios y el cine ha sido una de las herramientas preferidas para plasmar las grandes batallas, tanto de ficción como reales. La grandilocuencia y mezcla entre acción, drama y derramamiento de sangre innecesario convierten al cine bélico, al de aventuras y en resumidas cuentas, al de acción, en uno de los grandes favoritos del público.

Tomar partido entre los personajes interpretados por Brad Pitt (Aquiles) y Eric Bana (Héctor) se dificulta. Cada uno tiene argumentos que apoyan su postura. La superación personal y el reconocimiento, llevados al máximo extremo por el griego y la protección de aquellos y que ama y por los que se preocupa desde el punto de vista del troyano.

Aquiles partió a la batalla sabiendo que no regresaría a casa, pero a cambio, obtendría su anhelo, el reconocimiento eterno de millones. Héctor pelea cada batalla por su sentido del deber. Donde Aquiles rechaza la posibilidad de una familia que lo ame y recuerde por su rol de padre y marido, Héctor solo quiere ver crecer a su hijo y mantenerse fiel a la esposa que ama. Donde Aquiles espera impaciente su final, seguro que tras su caída será recordado, Héctor le teme.

No solo ellos son personajes con posturas enfrentadas, sino que, en los casos en los que las aspiraciones son similares, los métodos para concretarlas son variados.

La valentía y el arrojo de Aquiles, el cual pese a ser un masacrador que busca la gloria logran atrapar al público, se opone a los rejuegos y manipulaciones de Agamenón (Brian Cox), rey de reyes. Alejado de la batalla, recurre a sus reyes-vasallos y los soldados de estos para la conquista y la obtención de prestigio. Aquiles, con todo y su orgullo, que lo lleva a desafiar y denigrar a los dioses, es consciente de su posición humana y sus limitaciones, admite y acepta lo efímero de su vida, siempre y cuando su nombre perdure en el tiempo. Agamenón, por el contrario, se ve a sí mismo como una representación de Grecia, una afrenta en su contra mancilla todos los honores. Se siente omnipresente, a veces pareciera que de un dios se tratara.

Fotograma de la película

El honor es uno de los hilos centrales de la historia. Menelao (Brendan Gleeson) llama a la guerra por honor. Agamenón encuentra su honor mancillado a raíz de las acciones de la esposa de su hermano (aunque es realmente solo una excusa para llamar al resto de los reyes a la guerra de conquista que lo coronaría como gobernante indiscutible). Aquiles no ve honor en asesinar ancianos o matar a Héctor sin espectadores. Las acciones de Paris (Orlando Bloom) no solo enturbian el honor de Menelao, sino que, mancillan el suyo propio como representante de su país e invitado de un dignatario extranjero y el huir de la lucha no hace sino rebajarlo ante los ojos de troyanos y griegos.

La gloria por su parte, se vuelve un sinónimo de la inmortalidad. La vida eterna se transmuta y los métodos para obtenerla también. Ya no es necesaria la ambrosía de los dioses y el icor que corre por sus venas. Una vida en batalla, con victorias legendarias y una muerte sublime se convierten ahora en la causa y consecuencia de la persistencia en el tiempo.

Héctor y Paris también representan valores distintos. Ambos príncipes troyanos se toman sus responsabilidades de manera diferente. Héctor es un soldado aguerrido, que busca la paz y pelea por el bien de su gente; Paris es un niño mimado, un playboy de la antigüedad. Su fijación con Helena (Diane Kruger), esposa de Menelao, hermano de Agamenón, desata una sangrienta guerra. Si bien, tras la primera batalla, donde Aquiles toma la playa, se ofrece como voluntario para desafiar a Menelao y evitar más muertes, ya se han perdido vidas y los dioses han sido molestados. Donde Héctor es valiente y aguerrido, París y por asociación, Helena, son cobardes que huyen de las responsabilidades en nombre del “amor”. El intento de sacrificio de Helena hace poco por redimir las consecuencias de sus acciones. Nada revivirá a los caídos, ni los devolverá a sus esposas.

Fotograma de la película

Las actitudes ante los dioses son otro de los elementos que posicionan a los personajes en distintas direcciones. Desde un Aquiles que dice haberlos visto (lo que podría ser cierto al ser su madre Tetis (Julie Christie), una deidad) hasta la joven Briseida (Rose Byrne), que elige una vida célibe para rendir tributo a Apolo. Príamo (Peter O´Toole), rey de Troya, confía ciegamente en la protección del Dios del Sol, mientras que su hijo mayor, igualmente creyente, comienza a perder la fe, tras el asalto de Aquiles y sus hombres al templo y la decapitación de la estatua.

El amor hacia la patria también es un punto de diferenciación. Agamenón quiere más tierras que gobernar. Aquiles no sirve a ninguna bandera y solo lucha por el reconocimiento personal. Héctor solo piensa en su gente y ve en Troya una madre; y su padre, Príamo, sobrepone a sus hijos por sobre ella y confía su protección a entes tan complicados como los dioses, pero pese a ello, ama a sus habitantes y se preocupa por su bienestar. La grandeza como reyes se ve reflejada en dos personalidades distintas. Del mismo modo que Aquiles/Héctor forman un binomio de destrucción/protección, lo forman Agamenón y Príamo. Quizás sea por algo tan sencillo como que Agamenón ve en toda Grecia su patria, aunque resulta dudoso si se tiene en cuenta su carácter autosuficiente y egoísta.

Agamenón no es el único personaje caprichoso de la cinta. Por momentos Aquiles actúa como un niño mimado y consentido. Cuando el rey de reyes toma como “regalo” a Briseida, la nueva esclava del de los pies ligeros, este se niega a pelear, e inclina la balanza hacia los troyanos. Otra prueba más de que Aquiles pelea por y para sí mismo, en una búsqueda de ser el mejor, pero bajo sus propios términos y poniendo en el proceso a Agamenón en su lugar, demostrando que, aún con el más poderoso de los ejércitos, no es nada sin él.

Odiseo (Sean Bean) parece ser el más sabio de los personajes. Son reflexiones y diálogos, usualmente en conversaciones con Aquiles, muestran una profunda comprensión del mundo y de aquellos que en el habitan. Logra captar la esencia de aquellos a su alrededor y brinda sus servicios a Agamenón por el bien de su gente. Es, de cierto modo, aquello a lo que Héctor aspira, pero su sentido de la lealtad extremo y sus ansias de libertad no le permiten alcanzar.

Algo resaltable de la película es que se aleja del cliché de buenos y malos. Plasma la historia, de un modo libre, pero sin tomar partido de un modo evidente. Es elección del espectador a quien apoyar y todas las acciones están justificadas. Es cierto que Agamenón resulta un tanto repelente, pero está bien posicionado en su papel de rey conquistador. Antagoniza con Aquiles, pero este a su vez lo hace con Héctor, sin que se defienda por sobre el otro ninguna de las dos posturas. En conclusión, los conquistadores no son los alemanes en la Segunda Guerra Mundial, ni los troyanos son los aliados, son dos bandos combatiendo por aquello en lo que creen.

Fotograma de la película

Troya demuestra la injusticia de la vida. Aquiles tuvo su final soñado, cayó peleando y vengando a Patroclo; Héctor, por el contrario, ve sus planes y esperanzas cortados por la espada de Aquiles. Se prueba que el amor no lo logra todo, Paris pelea y huye de Menelao, legitimo esposo de Helena y la pobre Andrómaca (Saffron Burrows) queda viuda, como tantas otras, a consecuencia de la guerra.

Aunque la aspiración central de su personaje principal sea la gloria, la cinta muestra los efectos negativos de la guerra. La subyugación que trae consigo la conquista, el saqueo y la destrucción del arte y las formas de vida civilizadas. Aquellas mujeres que, madres o esposas, pierden a aquellos que aman en el campo de batalla, mientras estos son solo juguetes de los planes de los poderosos que no se ensucian las manos. Odiseo lo dice bien, los soldados mueren en la batalla y los reyes celebran en los salones.

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