El culto al cuerpo. Lo masculino en el cine péplum

Por Gretchen García

En la historia del arte la representación de la figura masculina está relacionada, en su mayor parte, a la fuerza y el poder. Musculaturas exageradas, pecho tonificado y vello facial conformaban el modelo de belleza canónico desde el arte preclásico. Ya sea como gobernante o personaje mitológico el hombre era físicamente atlético porque, por esencia, debía ser un héroe, que representara los máximos ideales de valentía y capacidad de lucha.

El concepto de héroe, que deviene del mito griego y trasciende de su condición humana, para convertirse en el ideal por excelencia de lo masculino. Más allá del mito, la cuestión radica en que no se trata de serlo, sino de asumirlo como filosofía o forma de vida.

En este sentido, el peplum es muy fácil de identificar. Ayuda que la escenografía y el vestuario se pone al servicio de un cine sobre la antigüedad, que intenta recrear y convencer al espectador que está en un mundo mítico. Pero en esencia es el personaje masculino quien caracteriza al género. Más allá del escenario y el vestuario que se construye para reflejar una época, la particularidad más importante está en su personaje.

Primero que todo, el protagonista es un héroe, es físicamente fuerte y atlético y posee motivaciones impulsadas por la moral y la justicia. En segunda instancia es atractivo y por tanto, encarna el ideal de belleza masculina, según la época.

Desde muchas perspectivas es un cine de hombres para hombres. Además del marcado maniqueísmo (eterna presencia de los opuestos: bien/mal y lo masculino/femenino) ; es básicamente culpable de un desmedido afán por lo colosal.

La búsqueda de lo espectacular (decorado, personajes…) termina afectando demasiado la trama y la fidelidad histórica-mitológica. Más aún, con su marcado interés en mostrar lo épico de las batallas, las luchas y el erotismo. Todo ello, visto en la representación de los ideales de belleza físiculturista occidentales. Resumidas cuentas, toda gira en torno al culto del cuerpo.

El héroe logra sus misiones gracias a su fuerza y se enamora de su interés romántico por su belleza. La atracción visual se circunscribe al desnudo explicito, bailes eróticos, escasas prendas y físicos atractivos. Aunque, la rimbombante escenografía pudiera hacer algún que otro referente al escenario clásico grecorromano su imaginario e iconografía es pobre y muy influenciado por la sensibilidad de cada época. Así, funciona el cine comercial.

La masculinidad griega escapa de todas las teorías tradicionales de género. En tanto Hércules, como epitome de la virilidad puede ser tan masculino como Apolo, dios casi hermafrodita y bisexual.

La identidad social, cultural y perceptiva de lo que implicaba ser hombre estaba determinado por factores sexuales bajo una imagen de dominación, poder, fecundidad y belleza física. En tanto un hombre fuera sexualmente activo, físicamente fuerte y/o con poder político era considerado «hombre».

Ahora bien, en la antigua Grecia no se concebía la identidad sexual como indicador socio-sexual. Las relaciones homosexuales no implicaban ningún tabú siempre y cuando el hombre de mayor poder político y social ocupara el rol activo en el sexo, ya que consideraban el ser penetrado como una actitud esencialmente femenina.

Desde temprana edad los jóvenes se dedicaban a fortalecerse y trabajar su cuerpo en los llamados gymnasium. Hasta los 16 se formaban y estaban bajo la tutoría de hombres de edad más avanzadas ya sea para su formación como guerreros o para la vida política y social. Como muchos puedan anticipar, esta relación alumno/maestro estaría acompañada de relaciones sexuales, en las que el joven era denominado erómenos (el amado) y su mentor erastés (el que ama). Es decir, era una relación de sumisión y dominación que se aplicaba también entre compañeros de guerra y soldados. Esta era socialmente aceptable e incluso representada en el arte. La homosexualidad por tanto no implicaba una negación de la masculinidad o una condición social.

Obviamente el cine peplum del siglo XX no podía permitirse esta mirada. La homosexuali­dad, estaría atribuida a la sumisión y por tanto a lo no-masculino. Sin contar, que el hecho de ser sometido por un igual, en especial desde un punto de vista sexual, sería inaceptable para un hombre del siglo XX.

Por tanto, el género se centró en aquellos atributos que, socialmente y culturalmente, encajaban con la moral de la época. La mirada heteronormativa no podía permitirse mostrar explícitamente una película del peplum con elementos de homoerotismo. Por tanto, dichas películas se centraron en el clásico binomio: masculino/femenino; en el que el poder, la acción y la virilidad se contraponen a la pasividad y la fragilidad de la mujer.

Para el mito griego todo era cuestión de lograr el reconocimiento y el honor. Lo demás queda en segundo plano. En cambio, el cine peplum cambia este orden. De esta forma el modelo de masculinidad clásico de inspiración grecorromana, queda influenciada y apegado al concepto de masculinidad tradicional, de influencia judeocristiana, que se ha impuesto a lo largo de la historia.

Así la capacidad de ejercer el patriarcado, el romanticismo del hombre protector hacia la mujer sumisa y la visión exótica de lo desconocido con tintes sexualizados devienen a sustituir la moral y el pensamiento sociocultural que predominó en el mundo clásico.

Por otro lado se mantuvo el espíritu narcisista de mostrar el cuerpo como obra de arte. Cabe decir que el cine peplum fue bastante atrevido en relación a otros géneros cinematográficos. Enaltecer la sexualidad del hombre y la mujer a través de sus atributos físicos, no escapó del arte griego.

El año 2000 consiguió un giro a las clásicas historias peplum con una cinta dirigida por Ridley Scott. En efecto, se trata de Gladiador, película que revolucionó los estereotipos en este género. A partir de aquí llegaron nuevas producciones que intentaban complacer a un público sediento de mitología y cine peplum como Troya, 300, Furia de Titanes, Alejandro Magno y varias versiones de Hércules. Sin embargo, pese a que ya no encontramos al héroe perfecto e intachable del peplum clásico, estas películas siguen una visión bastante cerrada en cuanto a representación de pensamiento helenístico y siguiendo la heteronormatividad social.

No se niega que el género es entretenido, atractivo y encontramos algunos clásicos que se han influenciado en la historia del cine, pero, la realidad es que son películas banales y artificiosas que aún no han logrado retratar el verdadero trasfondo histórico, cultural, social, y ético de las culturas griegas y romanas de la antigüedad. Por tanto, quedan como un arte incompleto; un mito posmodernizado al puro capricho de intereses económicos y sociales en una era donde el cuerpo lo es todo.

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