Miyazaki bajo la lupa

Por: Katheryn de Armas

Cuando se piensa en Estudios Ghibli o en algunas de sus producciones, lo primero que viene a la mente es Miyazaki y su estilo único. Siendo uno de los tres fundadores del estudio de animación nipón, Hayao Miyazaki ha sabido imponer con mano de hierro su criterio y visión en el universo que los filmes de la productora crean.

No es solo una cuestión estética, como pudiera pensarse, aun cuando la visualidad ocupa un lugar cimero, sino que, sus temas y modos de hacer, hablan de una mentalidad previsora. A medio camino entre el respeto de las tradiciones y los modos de hacer y un odio hacia la tecnología, Miyazaki impone, mientras está a cargo de los estudios, una producción no solo en 2D, sino también realizada completamente a mano. Esto enriquece el valor artesanal de la película, pero a la vez, entorpece y retrasa los tiempos de producción de la misma.

El sentimiento hacia las tecnologías se refleja en sus obras, donde estas desaparecen o son sustituidas por elementos de marcada inspiración steam punk. La notable excepción serían los aviones, elemento reiterativo en sus filmes ya que deviene de su historia personal e incluso no muestran el desarrollo actual de la aviación, pues sus filmes están ambientados en otro momento histórico o en mundos de fantasía.

Puntos claros pueblan su obra: mujeres fuertes (tanto heroínas como villanas), intensos mensajes antibelicistas y medioambientales y la presencia casi fetiche de los aviones. Las premisas destacan por su universalidad, pese a la marcada influencia del estilo de vida japonés.
Inspiradas en la literatura nacional y universal o en leyendas originarias, la obra de Miyazaki ha sabido ganarse el público a lo largo del globo. Sus obras cuentan con varias nominaciones a premios de prestigio y lauros reconocidos, como los obtenidos en el Festival Internacional de Cine de Berlín o del Festival Internacional de Cine de Venecia, sin olvidar los reconocimientos en su país, entre los que destaca el Premio de la Academia Japonesa a la Animación del Año.

Desde Naüsicaa del Valle del Viento (Kaze no tani no Naushika, 1984), película precursora de los estudios hasta El viento se levanta (Kaze Tachinu, 2013), filme con el que anunció su retiro, Miyazaki dirigió una decena de filmes con un fuerte sentir japonés.

Su primera producción, Naüsicaa… marcaría las pautas que el director seguiría a lo largo de su carrera, con escasas y puntuales variaciones. El protagónico en un personaje femenino, usualmente joven, en oposición a una villana más madura pero igualmente fuerte y decidida. Los tonos blancos y negros desaparecen, dando lugar a personajes cargados de matices, donde todos tienen una motivación detrás de su accionar y la maldad por maldad pura no existe. Los personajes se presentan más humanos en su accionar e incluso los villanos tienen firmes convicciones.

Destaca la habilidad de Miyazaki no solo como director, sino también como guionista, pese a partir en ocasiones, de obras pre existentes, como en el caso de El Castillo Ambulante (Howl no Ugoku Shiro, 2004), basado en el libro de la autora británica Diana Wynne Jones. La cinta preserva la esencia de los personajes, pero se aleja de la trama central del libro, para transmitir un mensaje antibelicista, usando como excusa, una historia de amor entre un brujo sin corazón y una joven maldita.

Su visualidad es clara, marcada por las formas redondeadas que traducen la dulzura e inocencia de sus protagonistas, como la pequeña Mei de Mi Vecino Totoro (Tonari no Totoro, 1988). Tiende en ocasiones, a la forma exagerada, como con la Bruja Yubaba de El Viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no Kamikakushi, 2001). Pasa de la más simple pureza a los ambientes más abigarrados, como la habitación de Howl, en El castillo Ambulante. Sus metáforas visuales apoyan los mensajes finales de sus cintas, ejemplo de ello es la enfermedad que contrae el protagonista de La Princesa Mononoke (Mononoke Hime, 1997), tras cazar a un espíritu del bosque.

En cierto modo, esta es la esencia Miyazaki, las historias se vuelven excusas en función de transmitir un mensaje. Excusas bien contadas y bellamente estructuradas, con una animación exquisita, pero excusas a la larga, donde San y Ashitaka, protagonistas de La Princesa Mononoke son solo un vehículo para hablar de las consecuencias de la guerra y la contaminación.
Para Miyazaki hay una cosa clara, si bien el mensaje es importante, este no puede, en ningún momento, alejarse de la forma y ambos tienen que ser explotados de un modo inteligente.

Hayao Miyazaki no es Walt Disney y su estudio de animación poco tiene que ver con la megacompañía estadounidense. Sus temas de interés no responden al mercado o a la problemática social del momento, sino que traspasan los límites del tiempo en que son realizadas convirtiéndose no solo en visiones del futuro, sino también en recordatorios de los errores del pasado.

Mucho queda por decir y analizar sobre Miyazaki y sus modos de hacer, pero al final, todo se resume en una frase “genio creador” que, como demiurgo, controla todos los aspectos de la película, trayendo consigo bellas obras de arte, cargadas de mensajes y alertas que ponen al público, sea infantil o no, a reflexionar. Solo queda esperar y ver si su próxima producción, para la cual salió de su retiro de casi diez años, conserva la línea de su filmografía o supone un cambio de la misma.

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