Takahata bajo la lupa

Por Gretchen García

La animación se vistió de luto el 5 de abril del 2018 cuando el cofundador de Estudio Ghibli, Isao Takahata, falleció a la edad de 82 años. La noticia no solo tomó por sorpresa, sino que conmovió y dejó un vacío en el anime.

Takahata fue una de las indiscutibles figuras que llevó a la animación nipona hacia cuotas de popularidad impensables y un boom internacional que hoy por hoy sigue creciendo. Más que una leyenda, que se ocultó en la sombra de grandes maestros,  fue un creador único en su generación por ser pionero en llevar la animación no solo al público infantil sino también a los adultos .

De huérfanos y niños perdidos

Mucho antes de que aprendiera a leer ya era espectadora de dos series que marcarían mi infancia: Heidi (Arupusu no Shōjo Haiji) y Marco (Haha wo tazunete sanzenri). Dos animes que se convertirían en algunas de las primeras obras de culto de este formato.

Para nadie es desconocimiento que si algo caracterizan a estas series es su pesimismo y aire melancólico. En efecto, ambas tramas se sustentan en las desventuras de dos niños cuyas vidas eran para nada «color de rosa», como usualmente se visualizaba en Occidente. Tanto Heidi como Marco se caracterizaban por su visión extremadamente adulta de la vida. En resumen, «muñequitos» profundamente humanos. De esta forma ambas se alejaron de la superficialidad que tradicionalmente esquematiza a los animados como productos sinónimos de humor e imaginación y de consumo exclusivo para los niños.

Aunque estaban basadas en un sustento literario cobraron mucha originalidad e inteligentemente diseñaron personajes tridimensionales con niños no exentos a las desgracias y las adversidades, pero también con sus peculiares caprichos, rarezas y espíritu inocente.

Poco después, sumándose a Heidi y Marco, viene Ana de las Tejas verdes (Akage no an) y más tarde, Takahata, pasó a centrarse en los largometrajes. Aunque ya contaba con realizaciones como Las aventuras de Hols: Príncipe del sol (Taiyou no Ouji Horusu no Daibouken), La Aventura de Panda y sus Amigos (Panda Kopanda) y Goshu, el violoncelista (Sero Hiki no Gōshu) no sería hasta ya fundado los Estudios Ghibli (1985) que afianzaría su sello personal como cineasta con su primera obra maestra y la mas reconocida hasta el momento: La tumba de las luciérnagas (Hotaru no haka) en 1988.

Decir que la película quebró emocionalmente es poco. Con una visión tan madura y cruel relata los efectos de la Segunda Guerra Mundial no desde soldados o judíos, sino a través del infortunio de dos niños huérfanos que sobreviven el bombardeo de su ciudad.  La película ya contaba con una base literaria, tomada de la autobiografía de Akiyuki Nosaika, pero ser espectadores de las acciones y la impotencia de un joven adolescente por sobrevivir, alimentar a su hermana pequeña y mantener su inocencia y alegría impactó en el público no acostumbrado a visualizar este tema en los animados. 

Su realismo la colocó como una de las tres mejores películas antibelicistas del cine junto a La lista de Schindler y La vida es bella. Una película que mostró a través de sus personajes que el verdadero patriotismo no estaba en los soldados o aquellos que lucharon, sino en el amor desinteresado y el sacrificio entre dos hermanos en medios de un caos marcado por la supervivencia y la falta de escrúpulo y moral.

La tumba… pese a su crudeza es una animación sumamente minimalista, pausada y elegante. Una particularidad de Takahata, quien no necesita ser explícito o mostrar escenas siniestras para lograr el efecto devastador. Así mismo no abandona las formas redondeadas, que marcan aun más los rasgos infantiles, y aprovecha al máximo las expresiones faciales para trasmitir los sentimientos de los personajes.

Los colores varían en dependencia del escenario y las emociones de sus protagonistas. En su mayor parte son contrastantes con predominancia del naranja para resaltar el efecto de la oscuridad y el fuego que caracteriza un bombardeo; el azul y el verde dan lugar a la calma y la paz, que sienten en contados momentos sin dejar de ser triste o solitario y, finalmente, la luz de las luciérnagas en la que son bañados con sus muertes evoca la libertad de sus almas y un toque agridulce a la escena.

Melodrama y costumbrismo

Pasado unos años vendrían una serie de filmes, en su mayoría pocos conocidos e infravaloradas como Recuerdos del ayer (Omohide Poro Poro), Pompoko (Heisei Tanuki Gassen Ponpoko) y Mis vecinos los Yamada (Hō-ho-ke-kyo Tonari no Yamada-kun). Los mismos se centran en lo cotidiano y costumbrista con toques de humor sin alejarse de la realidad y la vida íntima rica en matices, imaginación y sin artificioso.

La primera discurre a un discurso feminista dentro de una sociedad patriarcal sobria con una joven que decide buscar su identidad desde los recuerdos de su adolescencia.

Con Pompoko se reivindica el concepto miyazakiano del ecologismo, así como la humanización de los animales un referente que marcaría futuros largometrajes en el estudio.

Mis vecinos los Yamadas es una película que rescata el folclor japonés y juega con él a través de la vida cotidiana moderna de una atípica familia. Una peculiar animación por sus líneas y trazos fluidos, surrealistas y casi abstractos.

Una película con aroma a despedida

Su último proyecto y testamento cinematográfico constituyó una obra maestra que rescató una técnica de animación casi extinta: El cuento de la princesa Kaguya (Kaguya Hime no monogatari) . La cinta en cuestión está protagonizada por una heroína sacada de una de las leyendas más conocidas del país del sol naciente: El cortador de bambú.

Mantiene el sello distintivo de Takahata: la aspereza emotiva, la tragedia en que se ven envueltos sus personajes y la cruda realidad.

Kaguya debe enfrentarse a toda una odisea por ser la mujer más hermosa para ello aleja a todos los pretendientes  retándolos a realizar hazañas casi imposibles. La película reivindica la dignidad de la mujer en medio de una sociedad machista que buscan su matrimonio forzado por su apariencia y no por su inteligencia o personalidad.

Una vez más presenta un final triste pero hermoso en su formato visual respirándose un halo melancólico y una semblanza al arte de la animación que para el año 2013 estaba sumido en el 3D. Posee un peculiar diseño ya que está dibujada a trazos sueltos y fluidos como si de pinceladas se tratase. Las líneas están fuertemente marcadas y los colores son suaves, intimistas y femeninos.

La princesa Kaguya es un filme con una estética diferente a sus anteriores producciones. Si bien,  en general, todos se diferencias entre si en cuanto a visualidad; Kaguya…  posee un diseño que resalta y se separa de la típica animación de Ghibli.

Dos caras de la misma moneda

Pese a compartir la misma filosofía Takahata no podía ser mas diferente a Miyazaki en cuanto a estilo de animación. A Takahata le atraía más el realismo que la fantasía, sus diseños eran más minimalistas y se enfocaba más en el impacto emocional que la moral.  En Takahata el conflicto o villano nunca estará representado en un personaje sino en la propia sociedad, marcada por la ausencia de tolerancia, decoro y justicia. Los personajes se encuentran en una situación que no pueden controlar y su desenlace casi siempre es fatídico. Por tanto, el héroe no siempre vence.

Donde Miyazaki intenta no imponer su pesimismo ante la vida Takahata opta por mostrar un realismo trágico y la vulnerabilidad del ser humano.

A modo de cierre

Podría decirse que este análisis es una carta de despedida. No se trata de gusto o punto de vistas, al fin y al cabo, la apreciación del arte y el cine es subjetiva; pero, considero a Isao Takahata como uno de los grandes maestros de la animación. Sus películas, con toda su faceta trágica y sus finales tristes, no dejan de ser atractivas, sugestivas y originales. Un auténtico creador que hizo de la animación una expresión artística.

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