A todos los chicos (de Miyazaki) de los que me enamoré

Por Gretchen García

Érase una vez un príncipe azul que rescató a una princesa…En efecto, una fórmula demasiado reiterativa que hoy por hoy es un cliché. La farsa tras la cual se escondía personajes aparentemente perfectos fue utilizada una y otra vez hasta el siglo pasado al menos por Disney. Estamos seguros que aún hay quienes caen ese hechizo, o más bien trampa comercial.

Una vez más se reitera la tesis de Simone de Beauvoir. Se construye un rol masculino que represente nuestros ideales políticamente y socialmente correctos. Luego como binomio contraparte diseñamos a la mujer…el segundo sexo.  

El príncipe azul, desde sus inicios responde un ideal sociocultural, es decir, un hombre blanco, rico, heterosexual, valiente, guapo, fuerte y varonil. Asumirán una serie de travesías para llegar a su meta final rescatar la princesa. Por ello, nuestra protagonista debe aceptar su rol patriarcal y esperar pacientemente que el príncipe asuma los actos heroicos y luche con todo coraje contra el mal para terminar en matrimonio y comiendo perdieses.

¿Y si los roles se invirtieran? ¿y si el príncipe necesitara ser salvado?

Con Blancanieves, Aurora y Cenicienta, Disney tenía dominado el mercado. Había creado un fenómeno comercial. Invertir los roles supondría un riesgo catastrófico y aun más en la década de los 80. Miyazaki creó una nueva princesa con características similares a las de Disney: bella, afable, noble, amante de la naturaleza y en labores tradicionalmente masculinas. Siendo, además, líder de su pueblo. Una mujer que no espera ser salvada por un apuesto «príncipe azul» sino que asume su propia liberación.

De esta forma, Ghibli rompe el esquema patriarcal de Disney. Como refería Miyazaki «Cualquier mujer es capaz de ser una heroína tanto como un hombre«. Ahora bien, ellos tampoco están exentos de romper los roles tradiciones.  Cintas como El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no Kamikakushi), El castillo ambulante (Hauru no Ugoku Shiro), La Princesa Mononoke (Mononoke Hime) y El castillo en el cielo (Tenku no shiro Rapyuta), entre otras, han colocado a ambos personajes como iguales ante los ojos del espectador.

Son más que un interés romántico, también necesitan ser salvados y no están exentos de sufrir, llorar o ser débiles. Por tanto, no responden al ideal de viril, violento o físicamente atractivo de lo tradicionalmente aceptable. En Ghibli todos son merecedores de respeto y admiración: el chico de gafas, el pueblerino, el brujo atractivo, el padre e incluso aquel que sufre una maldición. Los personajes masculinos de Hayao Miyazaki son parte de su identidad artística cinematográfica diegética.

Tradicionalmente el coprotagonista miyazakiano está colocado como un acompañante de la fémina, aunque en ocasiones aparecen personajes como Jiro de El viento se Levanta (Kaze Tachinu) y Porco Roso (Kurenai no buta) con un rol protagonista. Ellos tienen igual sentido de justicia y espíritu pacifista. Asimismo, son personajes que demuestra en el transcurso de la historia una profunda admiración y afecto hacia su coprotagonista. No se confunda con amor romántico ya que en Ghibli el amor no es un fin sino un medio para el logro de otros propósitos. Sin embargo, no significa que las relaciones amorosas estén ausentes. Películas como El Castillo ambulante y El viento se levanta muestran sin recato la intimidad y desbordan una carga de sentimientos y afectos entre los personajes.

De esta forma Miyazaki rompe con el rol del “macho”, destruyendo ese carácter conquistador donde la mujer es un objeto sexual. Visto sobre todo en dos icónicos personajes: Jiro y Ashitaka. Pero también en el amoroso padre que permite a sus hijas soñar y alimenta su felicidad en medio de circunstancias difíciles con la ausencia de su madre y en un contexto de posguerra. La figura del padre adquiere matices hermosos. Rescata un modelo de masculinidad que rompe el estereotipo de la figura paternal fría, distante, dominante y enfocada solo en las labores del hogar. Es un hombre que sin prejuicios se baña con sus hijas, las arreglas y asume las labores domésticas.  

Porco Rosso es un cazarrecompensas de entreguerras que combate por sí mismo y por dinero. Su agenda diaria se resume a luchar contra piratas aéreos y tomar vino en un embarcadero de Italia. El aviador se ha convertido en cerdo por razones no del todo claras. Se insiste en que se trata de una maldición, de ahí su personalidad y carácter nihilista: “Siempre mueren los buenos” o “Prefiero ser un cerdo que un fascista”. Porco Rosso es un guiño a los sex symbol del cine de Hollywood de los años 40 y 50. Una parodia a los protagonistas del cine de aventuras donde el héroe lucha por el orgullo, la mujer y el dinero.

Antes de ir a la guerra, él era Marco Pagotto, un hombre con aspecto normal, pero al regresar, es un cerdo. Si resulta o no en un hechizo no es más que un pretexto, puesto que su aspecto es una metáfora para de lo que la guerra convierte a un hombre. Pero aquí no hay un típico beso redentor. Tampoco viene de quien el espectador pronostica.

Gina, la viuda de guerra, quien pareciera ser un antecedente de Lady Eboshi, no es un interés amoroso. E incluso si lo fuera no cumple la función de demostrar que el amor va más allá de las apariencias. En todo caso sería su aprendiz, una adolescente típica de Miyazaki a quien él enseña el arte de la aviación.  Es, gracias a ella, que el personaje evoluciona, manteniendo siempre su bondad, superando el pesimismo hacia la humanidad; aunque una vez más tenemos un final abierto donde la confusión lleva a pensar si realmente consigue transformarse.

Por su parte Jiro (El viento se levanta) es un joven que a causa de la miopía no puede realizar su sueño de ser piloto y se dedica al diseño y la ingeniería aeronáutica. Jiro es un hombre peculiar con aspiraciones hedonista: vivir en un mundo sin conflictos bélicos. Asimismo, rompe los esquemas de género para el contexto en el que desarrolla la historia. Jiro rebosa ternura y respeto hacia el género femenino en medio de una sociedad machista.

Su relación con Nahoko se traduce en un recato a la superación de obstáculos, enfermedades y tabúes sociales. Las escenas finales, muestran a un Jiro afligido por la muerte de Nahoko, un hombre que sufre la perdida de su amor y de su país bombardeado. Jiro, finalmente, logra diseñar el avión por el que sería reconocido y demostrando que no todo es fuerza física sino voluntad y superación.

Uno de los personajes masculinos más atípico es Tombo, de la película Kiki, entrega a domicilio (Majo no takkyubin). No solo por su físico sino también por su profundo interés y admiración hacia la protagonista. Tombo es entusiasta, altruista, enérgico que exaspera a Kiki, más sin embargo, se convierte en el leitmotiv para que la bruja recupere su magia. Se podría decir que Tombo es el personaje masculino “al servicio” del Kiki. Entre ellos se respira un amor sencillo, tímido y realista, basado en la honestidad de dos niños.

Similar situación es la relación Chihiro/Sen y Haku es lo opuesto.  En la película ella ayuda a Haku a liberarse del hechizo por el que no recuerda su nombre, mientras que él la empuja a seguir, evolucionar y preservar. Ambos personajes se admiran mutuamente y se ayudan en su autodescubrimiento. El atractivo del personaje, mas su personalidad, inicialmente fría, gusto en el público. Al ser un espíritu y perder la fe en la humanidad, a causa de la contaminación, se muestra reacio al principio. Sin embargo, muestra compasión, donde otros no lo hicieron, y ayuda a la protagonista en su viaje espiritual.

Ashitaka, es quizás el único protagónico masculino de Miyazaki con un estatus noble. Un joven que es infectado accidentalmente por la maldición de un espíritu y debe exiliar para buscar una solución ante que el odio lo gobierne. No faltan sus atributos de osadía y altruismo o incluso atractivo físico. Un riesgo que lo lleva a ser predecible, no evolucionar e incluso llegar con poca naturalidad y perder protagonismo ante San.

Su particularidad radica en como es el primer personaje en percatarse que a la larga no se trata de bando. Por ello asume una postura neutral y proactiva. Si bien, Ashitaka, Eboshi y San son los tres agentes que articulan la historias, pero Ashitaka es el cómo mediador entre ellas. Es quien marca los puntos de giros dramáticos e incentiva la evolución del resto del personaje. En particular de San, con quien se une como su igual para para salvar la naturaleza. 

La relación platónica de ambos personajes no llega ser materializada puesto que no forma parte del ciclo narrativo o la función moral de la historia. El personaje no cumple la función de ser su interés romántico sino mediar y ayudar al logro de los objetivos. Ashitaka somos nosotros, el espectador externo que empatiza con todos los personajes y vive una oscura epopeya donde debe salvar la naturaleza para salvarse así mismo.

De todos los personajes masculinos de Ghibli ninguno despiertan tanta polémica como Howl. El atractivo, mujeriego y poderoso brujo no solo cambia la ocupación del hombre, sino que también algunos conceptos como el amor, las relaciones y el heroísmo rompiendo estereotipos sociales a los que el espectador no estaba acostumbrado. En esta película contamos con una historia de amor como transito al desenlace y logro de los objetivos. Sin embargo, no es la típica película de romper maldiciones, sino que demuestra que las relaciones no son perfectas.

Howl es un personaje no exento de defectos. Su cualidad más llamativa es su narcisismo que nos remite a uno de los estereotipos más presentes en la actualidad. Para Howl, su belleza reside en su pelo, que consigue con diferentes tintes o productos de belleza. Howl es incapaz de ver la belleza interior, llegando incluso a preguntarse el sentido de su existencia. Su personaje es inseguro y rehúye a cualquier compromiso. Tampoco tiene interés en luchar o   formar parte de la guerra.

Sin embargo, todo cambian cuando Sophie llega buscando romper su propia maldición. En el trascurso, Howl se descubre así mismo realizando actos desinteresados y sacrificios por el bienestar de Sophie.  Pese a su vanidad, el mago posee un carácter pacífico, reprende a Sophie por sus descuidos, pero siempre desde una actitud amigable y tranquila.

El castillo ambulante es su única película donde el amor se aborda de forma explícita. A medida que trascurre la historia ambos personajes admiten sus sentimientos y finalmente se deshacen de sus maldiciones. La relación de Howl y Sophie no es más que una representación alegórica de dos personas a través de un proceso terapéutico, que logran encontrase así mismo gracias al otro y por ende superar su propio conflicto y evolucionar como personajes. Precisamente aquí radica la metáfora de la película en el encuentro entre dos personas incapaces de ver amor en sí mismo.

No todo es bondad e inocencia en el mundo Ghibli, dolorosamente realista, azotado por la guerra y la codicia de la sociedad post-industrial. El retrato de los personajes y su comunicación de valores permite una comprensión más realista y una identificación en el público. Más que nada, pone en pantalla una igualdad de género poco visualizada en el cine y particularmente en la animación. Ellos escapan de todo tipo de cánones o estereotipos, son imperfectos, son cotidianos y rompen con el pensamiento patriarcal tradicional. Ellos, también necesitan ser salvados y demuestran que la relación entre un personaje femenino y otro masculino no necesariamente implica en un romance para un final feliz.   Pese a sus circunstancias se convierten en modelos a seguir porque, sin importar el peso de sus corazones, no tienen miedo a alzar el vuelo.

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