Oda a Mononoke Hime

Por Msc. Claudia Hernández Novo

Escribir sobre la cinta La Princesa Mononoke es una deuda a saldar con mi juventud temprana, como lo sería también hablar del Estudio Ghibli en general o de Hayao Miyazaki. Es además, un compromiso con el mundo académico, por formar parte de fenómenos tan poderosos como el Anime y el Manga, manifestaciones gozosas de reconocimiento internacional, valiosas y necesitadas de más y mayor redención a través de la fortuna crítica.

Mononoke Hime (もののけ姫) posee en mi universo simbólico un sitio excepcional, ya que fue la primera película de anime que vi siendo consciente de la existencia de este estilo de animación japonés. Esta realización a pesar de haber sido presentada a la luz pública en el año 1997, no se estrena en la televisión cubana hasta aproximadamente 1999. Lo recuerdo perfectamente. Aquel verano en que el filme es presentado en nuestra televisión —en el espacio Tanda Joven— y transmitido por partes como si se tratara de un serializado. Lamentablemente en ese entonces sufre severas mutilaciones de contenido, en especial aquellas partes más impactantes y violetas. Sin embargo, la justicia para semejante obra de arte no tardaría en llegar, pues en la segunda década de los 2000 el programa XDistante emite este largometraje íntegramente.

Pasé años obsesionada con Mononoke Hime. Yo, que siempre fui estudiante de arte, quedé impresionada con su uso de la perspectiva y su forma preciosista y minuciosa para los diseños de los personajes, los fondos y cuanto ínfimo objeto apareciera en pantalla. Su animación era inigualablemente fluida, con un movimiento natural, mientras su puesta en escena destacaba por ser visualmente deslumbrante. Subsistieron en mi mente como imágenes imborrables —y desde entonces propias de mi imaginario personal—, los colmillos lustrosos de aquellos enormes lobos blancos; el espíritu del bosque derramándose, licuado, viscoso, ambiguo; los kodamas, adorables y al mismo tiempo perturbadores; el Dios ciervo con cara de mono y un bosque de astas; los jabalíes repletos de gusanos, de muerte, de locura, de sufrimiento; el héroe: Ashitaka, un príncipe enfermo, maldito, devorado también por gusanos; y una heroína atrevida: Mononoke, princesa de los espíritus vengadores, fémina delirante y poderosa. Una cinta extraordinaria, con un mensaje capaz de brindar tanto entusiasmo como desolación. Posteriormente descubrí que los filmes japoneses —y asiáticos en general— siempre son así: Ying-Yang, positivo y negativo básicamente, para todas las cosas, jamás son parciales.

Fueron las imágenes de Mononoke Hime y su delicada técnica de animación las que me condujeron a iniciar una estrecha relación con el anime y fascinarme por la cultura japonesa. Se trataba de un filme dibujado a mano, que ocupara más de 144.000 celdas de animación —más de la mitad redibujadas personalmente por Miyakazi—, y con menos del 10 por ciento de sus cuadros generados por computadora.

A partir del impacto que me causara esta cinta, me convertí en una ferviente seguidora de las obras de animación del Estudio Ghibli, tras Mononoke… toparía con El Castillo Ambulante —sigo enamorada de Hwol—; El Viaje de Chihiro; Laputa, Castillo en el Aire; Mi Vecino Totoro y muchas otras que obviamente no vi de forma cronológica. Pero Mononoke… fue para mí aquella primera joya de esa corona que es el Estudio Ghibli, y que El Maestro: mi amado Hayao Miyasaki, ostenta en lo alto de su cabeza como el maravilloso creador y genio que es.

La Princesa Mononoke logra desafiar los prejuicios existentes en cuanto a la animación como género válido cinematográficamente. A pesar de ser un filme de 134 minutos de duración —muy largo para los estándares del mercado—, no deja de ser exitoso, taquillero o atractivo. En su momento, bate récords por ser el anime más caro de la historia, ya que alcanza un costo de 23 millones de dólares.

Aunque esta cinta contiene violencia por momentos extrema, abundantes escenas gore y de profundo horror, transmite mensajes positivos que no se reducen al discurso medioambientalista con trasfondo shintoista, como gran parte de la crítica asevera. Mononoke... —como casi todo el cine contemporáneo— es una cinta polisémica y en ello radica una de sus mayores ganancias conceptuales. Por esta razón y su impecable calidad estética no es de extrañar que en el año 2002 fuera merecedora del Oso de Oro de la 52º Berlinale.

Muchos son los discursos que se desgajan de esta pieza y entre ellos sobresale el singular tratamiento conferido a los protagonistas. Para variar, Miyazaki rompe la fórmula habitual de su cine —en la que la historia es conducida por una la mujer— y dota al filme de un protagonista masculino, asistido por un coadyuvante femenino y a la vez opositor. El cineasta, haciendo despliegue de su genio como conocedor de la historia universal y en especial la de su país, ambienta la cinta en el Japón medieval. Los personajes se insertan específicamente en el periodo Muromachi de Japón (siglos XIV y XVI). No satisfecho con eso, intenta plasmar además las divergencias ideológicas y culturales de las tres etnias predominantes en ese momento histórico: Yamato y Emishi.

De este modo, Mononoke… pasa a ser un relato épico en el que se representa el crecimiento personal de sus protagonistas a través de un viaje, a veces vivido y por momentos metafórico. Al mismo tiempo, en la cinta se manifiesta la capacidad de sus héroes para anteponer las necesidades de su clan —su comunidad— a sus urgencias individuales. Esta actitud constituye una práctica tradicional en la cultura japonesa, en la que es habitual rendir tributo al clan, mientras en el caso específico de la película los protagonistas también fungen como sus redentores. Tanto Ashitaka como San —los protagonistas— portan las características del guerrero y su labor consiste en salvar su comunidad y al entorno natural de la desaparición. Son, por tanto, entes dotados de cualidades positivas y exaltados como paradigmas sociales a replicar.

Si en algo coinciden los investigadores de la obra miyazakiana, es en que los personajes femeninos de sus cintas se despegan de los prejuicios y  convenciones, de los estereotipos y modelos estandarizados socialmente. San —Mononoke— posee un tratamiento psicológico y emocional que abarca desde una inusitada ferocidad hasta una sutil delicadeza. Lo más notable en ella es su valentía, independencia, libertad y capacidad de liderazgo, rasgos que comparte con la otra fémina más sobresaliente en el filme: Lady Eboshi.

Lady Eboshi constituye una figura fundamentalmente negativa por la instrumentalización de sus actos, ya que persigue sus objetivos con firmeza sin importarle destruir todo a su alrededor. Sin embargo, como representación femenina se despega de la norma siendo portadora de fuerza y educación: sabe leer, escribir, contar, conoce maniobras de guerra, de combate y sobre armas, así como de explotación mineral, posee facultades científicas y habilidades concedidas históricamente a los hombres. Al mismo tiempo, no carece de competencias emocionales y buen corazón, pues ha liberado a decenas de mujeres de la prostitución, dándoles un trabajo noble y devolviéndoles su honra.

Las cualidades con Miyazaki que dota a sus personajes no poseen diferencias de género. En sus imágenes el ser humano es falible e imperfecto por igual. Tanto hombres como mujeres ostentan capacidad de acción, coraje y un alto nivel de violencia. ¿Quién podría olvidar ese clásico fotograma de San manchada de sangre?

Semejante construcción visual tiene en la obra de Miyazaki un matiz reivindicativo hacia el papel de la mujer japonesa en la historia de su país. Si bien, existieron tendencias matriarcales en las sociedades japonesas originarias y aún en los periodos Nara y Heain la mujer conservaba una posición activa, en etapas posteriores —tras la ascensión del militarismo samurái—, la feminidad fue desplazada y condenada a una ubicación social postrera. Su condición de lastre sería un estigma arrastrado en los siguientes ocho siglos.

Hay otros temas expuestos en La Princesa Mononoke más allá de la construcción de sus héroes y el género. La conmoción que la derrota en la II Guerra Mundial causara en Japón tuvo una repercusión ineludible en múltiples aspectos de la vida japonesa como la filosofía, la política y el arte. El ecologismo expresado en las artes —y especialmente en el cine— es solo una forma de manifestación de ese miedo al holocausto, de lo cual el filme en cuestión es representativo. Sin embargo, también es testimonio de la búsqueda de un equilibrio, de un modo de vida sostenible y del deseo de conservación de elementos identitarios tradicionales, precisamente en un país en que la tecnificación exacerbada amenaza con suplantar las prácticas ancestrales.

El progreso tecnológico de Japón se representa en el filme de forma simbólica a través del proceso de extracción y fundición del hierro, así como el crecimiento urbano liderado por Lady Eboshi. Ambos aspectos se aprecian desde su lado negativo por llevarse a cabo de forma no sostenible. Su consecuencia es la destrucción del espacio natural, lo cual acarrea una “maldición” (también simbólica), que se extiende a las criaturas del bosque —incluyendo kamis (dioses) a los que transforma en demonios como sucede a el dios jabalí Nago por ejemplo— y a seres humanos como el protagonista Ashitaka. Esta maldición es resultado de la desmesura humana (hibris), lo cual se corrobora cuando Ashitaka descubre que se activa en su brazo en circunstancias donde florecen su ira y odio. Al respecto recordemos el parlamento del personaje cuando dice: “Está comiéndome vivo y muy pronto terminará matándome”, lo cual es una advertencia sobre el camino al que conducen el egoísmo, la codicia y en especial la violencia. 

Mononoke… como largometraje posee imágenes con fuertes componentes shintoístas y expresa el temor por la pérdida de esas tradiciones. El Shintoísmo dota de espíritu a todo objeto y elemento de la naturaleza, promoviendo una deificación del medio en que se desempeña el ser humano, aspecto que se aprecia claramente en la película. A pesar que en la actualidad el Shinto es la religión nacional en Japón, su credo se tambalea ante la evolución social y el desarrollo de la ciencia. Esta última ha pasado a convertirse en la encargada de resolver los problemas sociales objetivos e inmediatos, sustituyendo el propósito de las deidades y ritos de antaño. Semejante fenómeno se acrecienta con la intensa occidentalización que vive Japón desde el siglo pasado hasta nuestros días.

Ante el temor a la pérdida de esta práctica animista imbricada a la identidad nacional japonesa, Miyazaki expresa en pantalla el perjuicio que puede acarrear su abandono. Lo anterior se aprecia en la cinta a través del envenenamiento o degeneración que sufren el bosque y sus criaturas. Su componente mágico se deteriora tras la introducción de la tecnología, la explotación de los recursos naturales y extensión del entorno urbano. En la medida que el ser humano doblega, controla y emplea para su beneficio el ambiente natural, este se desacraliza y objetualiza: pierde su “kami”. Árboles, animales, ríos, montañas antaño dioses, se degeneran espiritualmente, pasan a ser mundanos y sin alma. 

Sin embargo, el cineasta reconoce la importancia de la ciencia y no pretende reivindicar exclusivamente al kami en detrimento de la primera —lo cual implicaría subdesarrollo y atraso—, sino procura acceder a un concilio entre ambas esferas y a su convivencia pacífica. Descarta la polarización en facciones y el uso de la fuerza bruta como resolución a los conflictos. Aboga por el diálogo y la rectificación como soluciones y formas esenciales para acceder a un estado de paz y equilibrio del ser humano con su entorno, ideas de claro origen budista.   

El filme huye de la tendenciosidad que generan los cánones cinematográficos en los que el bien siempre triunfa sobre el mal. Prefiere esgrimir un pensamiento más natural y de base taoísta, menos maniqueo, donde todas las cosas poseen un lado negativo y positivo con el que es preciso convivir. Promueve el agradecimiento por aquellos aspectos de la vida menos gratos, ya que suponen una oportunidad de superación.

Mononoke Hime es sin dudas un largometraje animado complejo, empapado por las diversas filosofías tradicionales del sentir japonés. Es además, fruto de una labor meditada y del trabajo minucioso de años. Una obra maestra capaz de dejar un hito en la historia del cine y la animación universales, tanto por su depurada técnica de animación como por la solidez de su mensaje.

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