De guerras y proteccionismo

Por Katheryn de Armas

¿Hay una naturaleza humana guerrera? ¿son inevitables las guerras? ¿son un factor de progreso de la humanidad? ¿se puede ejercer la guerra de manera controlada? ¿ es está susceptible de ser ejercida bajo la dirección de normas morales? ¿puede haber una guerra no cruel? Estas cuestiones y otras más pueden pensarse sin prejuicio de que la guerra deje de ser comprendida como lo que realmente es: una calamidad, al menos por lo que concierne a las consecuencias más inmediatas de sus acciones.

José Reinel Sánchez

El haber atravesado dos guerras mundiales ha dejado heridas profundas en sus escenarios y habitantes. Japón, perdedor en ambas ocasiones y víctima del bombardeo nuclear, ha grabado en las mentes de sus habitantes un respeto por la protección de la naturaleza y no les permite olvidar las terribles secuelas del holocausto nuclear.

Hayao Miyazaki, director nipón, cuenta con una obra profundamente marcada por un mensaje antibelicista y a favor de la protección ambiental. Desde su primer largometraje independiente, Naüsicaa del Valle del Viento, la poética que seguiría a lo largo de su carrera quedo plasmada. Mientras los insectos mutantes, consecuencia de la guerra y la contaminación atacan a los humanos que se adentran en sus dominios y Lady Kushana busca exterminarlos, la joven princesa Naüsicaa busca, a todo riesgo, el modo de convivir con ellos y evitar su destrucción y una nueva guerra.

Si bien es cierto que Kushana provoca una guerra, sus motivos eran nobles, por llamarlo de algún modo. Esperaba evitar de ese modo la invasión de sus enemigos, dando ella el primer paso. ¿Es este motivo para ir a la guerra? A la larga, sigue siendo con motivos de conquista y de posicionarse como el líder absoluto, el rival a vencer. ¿No había otras soluciones para proteger a su gente? ¿Las acciones seguidas por Naüsicaa consiguen los mismos resultados evitando la violencia innecesario que Kushana con sus acciones desata. La guerra solo trae caos. Representa la destrucción de los logros humanos, un retroceso a los días salvajes, una llamada a la masacre.

No es solo el factor humano, aunque suele ser el más apreciable por las pérdidas de vidas. La naturaleza también paga las consecuencias, sobre todo, cuando lo nuclear pasa a formar parte del conflicto. La contaminación, producto del desarrollo de la técnica y la ciencia se ha convertido en un problema no solo desde el punto de vista armamentístico. La humanidad parece destinada a provocar su extinción con su trato hacia la naturaleza. Los escenarios post apocalípticos, como el de la cinta, o de ciencia ficción, parecen cada vez más una posibilidad real. Eso, si la supervivencia del hombre llega a ser posible.

En 1986 Laputa: Un Castillo en el Aire estrenaba. El patrón se repite. Una nueva guerra se halla frente a la humanidad. Una nueva heroína se sacrifica por lograr la paz. Miyazaki reitera fórmulas, más el mensaje no pierde importancia. Han pasado poco más de treinta años del final de la Segunda Guerra Mundial y el mundo ya se ha visto envuelto en casi sesenta conflictos armados (a lo interno del país o con potencias externas). Los mensajes del director, que proponen soluciones otras, tienen un valor y una importancia que trasciende el tiempo y el espacio. Para muchos, un simple canto antibelicista, un pacifista más, Miyazaki se mantiene fiel a su esencia.

A las dos películas le siguió una de las más crueles y bellas historias sobre la Segunda Guerra mundial. A cargo de Isao Takahata, La Tumba de las Luciérnagas es un grito desesperado por la paz. Mientras las bombas sobrevuelan el cielo japonés, dos hermanos intentan sobrevivir y preservar la inocencia.

Takahata, mayor que Miyazaki y más consciente que este de las consecuencias de una guerra que si vivió, elige adaptar no un mundo de fantasía, donde guerra y contaminación van de la mano, sino la trágica novela de Akiyuki Nosaka. El mensaje, más directo y frontal está claro. Las bombas no diferencian civiles de militares, ni niños de adultos. La guerra no tiene rostro y a su paso, solo queda miseria y desesperanza.

La diferencia de Miyazaki, que siguió tratando el tema, Takahata se diversificó en su producción artística y no volvió a tratar el tema bélico, dando paso a una poética más costumbrista. Su pupilo, por el contrario, preservaría sus raíces y las recuperaría en La Princesa Mononoke, donde llega a volverse sinónimo de contaminación. En Porco Rosso un piloto militar maldito se transforma en caza recompensas e intenta evitar los ataques de los piratas, todo ello tras ver las consecuencias de la guerra en carne propia al ver morir a su compañero.

La naturaleza, la importancia de su preservación y el respeto a la misma es otra de las líneas marcadas en el estudio. Ya sea con mensajes directos como en Naüsicaa o a través de metáforas visuales, Miyazaki siempre tiene ese aire conservacionista. En Mi vecino Totoro es la actitud de las hermanas para con Totoro y la naturaleza lo que permite que este las ayude en su momento de necesidad. El darle una sombrilla para evitarle mojarse con la lluvia coloca a Mei como alguien bueno y noble a sus ojos. La amabilidad abre puertas y esta no tiene porque estar solo reducida hacia los seres humanos.

Incluso cuando no es la trama central, siempre aparece algún referente proteccionista. Los animales y la naturaleza transformados en espíritus como en La Princesa Mononke o Mi vecino Totoro.

Para Miyazaki, guerra y contaminación van de la mano. Ambas causan destrucción. Ambas acaban con la vida. Suponen un retroceso, una involución.

La pregunta es entonces ¿por qué? ¿Han calando tan hondo en las mentes japonesas las acciones de agosto de 1945? No parece ser el caso. El shonnen (género del manga de acción cargado de violencia y trepidantes batallas) es uno de los géneros más populares en la animación nacional con miles de adeptos y otros tantos escritores. ¿Por qué para Miyazaki es tan importante la transmisión de dicho mensaje? Cualquier respuesta que no venga de la boca del director es simple teoría. Podría ser su historia personal o su carácter previsor y tradicional o el ver un gran imperio caer frente a las fuerzas norteamericanas tras el final de la guerra.

Estudios Ghibli pudiera entonces resumirse a pacifismo, respeto y protección a la naturaleza. No como respuesta a una agenda mediática o un tema de moda, sino como alerta real contra los males que nos aquejan. Quizás la solución sea aprender un poco más de aquello que nos rodea, en lugar de ver la destrucción del planeta como algo lejano e imposible. Miyazaki nos llama la atención. Al final, solo hay que escuchar, para no repetir errores del pasado.

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