¿Evolución o no? La labor fílmica de Goro Miyazaki

Por: Katheryn de Armas

No es mi libro. Es  tu película. Es una buena película.

Ursula K. Le Guin.

Seguir los pasos de uno de los padres nunca es tarea sencilla, menos aún, si es uno de los mejores animadores de todos los tiempos. Goro Miyazaki, hijo de Hayao Miyazaki, estuvo reacio a entrar al mundo de la animación y su primer proyecto con Ghibli, Cuentos de Terramar (Gedo Senki 2006), provocó una gran tensión entre él y su progenitor.

Basada en las novelas de historias de Terramar, de Ursula K. Le Guin, la cinta, que cuenta con guion de la autoría del propio Goro, sigue las aventuras del archimago Gavilán mientras intenta evitar el mal que se ciñe sobre Terramar.

Con una historia bastante cliché, donde convergen el mago/héroe, el joven maldito (Arren), del cual el villano quiere aprovecharse y una damisela en apuros (Theru), no es de extrañar que Miyazaki (padre), que siempre ha rehuido los roles de género preestablecidos, mostrara su desacuerdo. De igual manera Le Guin, quien es una de las fuentes de inspiración de Hayao desde Naüsicaa del Valle del Viento, sintió que la propuesta de Goro no le hacía justicia a sus obras.

La cinta supuso un fracaso total a ojos de Miyazaki, quien refirió que a su  hijo le faltaba mucho para ser considerado un director. La autorización para realizar la película había sido entregada a él, pero el trabajo en El Castillo Ambulante no le permitió hacerlo. Las altas expectativas que tenia en ella nos fueron cumplidas y la autora quedó igualmente decepcionada por los cambios de guion. Sin embargo, pese a lo cliché y básico de la trama, Cuentos de Terramar fue una de las películas más taquilleras en su primera semana de estreno en Japón, generando  900 millones de yenes.

Un aspecto que todos alaban por igual es la visualidad. Goro, paisajista antes trabajar en el proyecto, regala unas imágenes de belleza inigualables, al más puro estilo Ghibli. Pero para que una producción cualquiera funcione es necesario lograr un equilibrio entre todos sus componentes y el guion, alejado del estilo Ghibli, no fue del agrado de todos.

Al desastre, desde el punto de vista crítico y de guion, que supuso Cuentos de Terramar le siguió La Colina de las Amapolas (Kokuriko-zaka kara, 2011). Esta vez cambia la fantasía por una cinta más intimista y costumbrista, donde la visualidad vuelve a imperar. Se aleja de los roles típicos, centrándose en la amistad entre Umi y Kazama, quienes lucha por superar el pasado y sobreponerse a este.

Este segundo filme se aleja de la línea de su padre, siguiendo los pasos de Isao Takahata, donde la nostalgia emana de cada fotograma, no hay lugar para lo fantasioso y los villanos no son necesarios. La vida cotidiana es lo suficientemente rica para sacar de ella una historia que lleve a pensar. Pero contrario a Takahata, transmite la esperanza de un futuro mejor.

Sin llegar a ser una obra maestra, la cinta supuso una gran mejoría con respecto a su trabajo anterior. La historia, predecible por momentos, se apropia del humor para transmitir mensajes profundos, entre los que se halla el anti belicismo y las consecuencias de las guerras Mundiales, tema fetiche de los realizadores del estudio (Hayao Miyazaki sobre todo).  

Contó con tanta aceptación en Japón, que su director se hizo merecedor del Nippon-sho a la Mejor Película de Animación en el año 2012, frente a producciones como Detective Conan: 15 Minutos de Silencio y Buda.

El cambio más radical, vino de la mano de Earwig y la bruja (Aya to Majo, 2020). No solo es la más reciente película del estudio, sino que resalta por su realización y visualidad. Elaborada completamente en tercera dimensión (3D), sigue las aventuras de la pequeña Earwig en la Inglaterra de la década de los 90 del siglo pasado.

Goro inició su labor cinematográfica con la adaptación de una novela que su padre consideró un fracaso absoluto. En esta última producción, regresa a la adaptación literaria con resultados similares a ojos de la crítica. Esta vez el fracaso no recae en el guion (basado en una novela de Diana Wynne Jones, autora también de El Castillo Ambulante), sino en la técnica elegida para plasmar la historia.

Ghibli y sus animadores están acostumbrados a la animación tradicional y la falta de experiencia en la utilización del 3D se nota. Lejos queda la fluidez y belleza que caracterizó Cuentos… o La Colina…, en su lugar, impera un estilo forzado que no se siente Ghibli.

La mayor sorpresa viene de las palabras de Hayao Miyazaki, quien parece notar una evolución el labor de su hijo. Pasó de aquel “Es bueno que Goro haya hecho una película. Con eso, debería parar” tras el estreno de Cuentos… a decir “En todo caso, pensé que sería algo imposible para él. Pero a pesar de mis pensamientos, Earwig resultó ser bastante interesante. Es realmente algo. Creo que usó CG con habilidad. Y creo que formaron un buen equipo.”

El director parece ver en el devenir profesional de su hijo algo que al público se le escapa. Quizás tenga que ver con la actitud frente al trabajo, pero a menos que el propio Hayao Miyazaki lo cuente, difícilmente se sabrá que es.

Lo cierto es que Goro necesita hallar un equilibrio en sus obras. Donde la visualidad no opaque a la historia, sino que se ponga en función de transmitir de mejor manera el mensaje. Es cierto que las comparaciones son feas, pero resulta inevitable incurrir en ellas. Pese a sus mejorías, sus retrocesos han sido grandes y, obviamente, le falta mucho para llegar a la calidad de la peor de las producciones de su padre, si es que alguna vez lo logra.

Queda esperar y ver qué pasará con los estudios tras la incursión en la animación por computadora y el futuro de Goro Miyazaki dentro de estos. Por ahora, queda la sensación de que no ha alcanzado su máximo potencial. O quizás, solo quizás, debió dedicarse a la animación (en su sentido más clásico), en lugar de incursionar en la dirección. El futuro tendrá las respuestas.

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