Confesiones de Nakashima

Un acto de justicia permite cerrar un capítulo; un acto de venganza escribe un capítulo nuevo.

Marilyn vos Savant (1946)

Un asesinato enmascarado como accidente, una profesora que emprende la venganza de la muerte de su hija, un sistema educativo en decadencia, dos caras diferentes del amor materno y un plan de atentado escolar; son las pautas que marcan a la cinta Confessions de Tetsuya Nakashima.

De una narrativa agresiva la película arranca con una profesora de secundaria intentando impartir una clase en plena anarquía y desorden docente. Pero ella permanece fría e imparcial, sin permitir que las acciones desmañadas de sus estudiantes la afecten. Sin perder la compostura intenta dar una lección de vida para arribar a los acontecimientos en torno a la muerte de su hija. Dos estudiantes de esa clase la asesinaron y ella ha puesto en marcha un plan de represalia. Se desencadena, así, una odisea de problemas que se consume con una venganza ejecutada con inteligencia.

La película es una analepsis constante, donde se reconstruyen los hechos una y otra vez para representar diferentes miras de los personajes. Este flashback, estos saltos retrospectivos facilitan el discernimiento del conflicto central e incrementa el misterio. Los planos fragmentados complejizan el tratamiento temporal y lo desarticula para crear un relato complejo que mantiene minuto a minuto en la mira al espectador. La película está basada en el libro homónimo de Kanae Minato, un best seller de su género del cual toman su argumento para una adaptación propia.

El guion está dividido en las confesiones que realizan. Cada confesión representa un nuevo acto. Esta apropiación de la dramaturgia teatral es transparente, es decir, el espectador se percata rápidamente de esa conexión con el teatro. Las confesiones no ocultan nada, son una ventana a un alma caótica y llena de prejuicios. Solo a través de esas revelaciones comprendemos el porqué de las acciones. No importa que tan inverosímiles son los crímenes los testimonios develan una lógica impecable y psicológica tras ellos.    

Hay una relación, en términos de dramaturgia, entre el filme y Edipo, Rey. Las coincidencias existentes y heredadas de la obra de Sócrates son múltiples. Primeramente, apreciamos el clásico enfrentamiento entre el bien y el mal. También hay un vínculo con Edipo, en tanto el asesino profesa un amor obsesivo a su progenitora y termina asesinándola de manera pasiva, sin intención. El filme integra un componente lúdico que hace sentir lo detectivesco como un acertijo en los primeros 30 minutos del filme, cuando la profesora va exponiendo la naturaleza del crimen y de sus asesinos.

El filme es alegato socrático a través del cual se intenta establecer un orden, un ajuste de causa-efecto. Shuya (Alumno A) planea un homicidio para captar el interés de su progenitora y termina asesinándola sin intención; por tanto, hay una retribución de sus acciones negativas. Por su parte Naoki (Alumno B) siente que debe pagar por sus crímenes y mata a la única persona que se negaba a verlo como un criminal: su madre.

Los personajes son complejos. No hay buenos ni malos, todo es una gama de grises. Los más positivos hacen uso de sus características negativas para sus propósitos; quienes inspiran lastimas, en realidad no son tan víctimas, y los malos de repente aparecen justificados por una profunda psicopatología.

Shuya es un estudiante de preparatoria modelo, emprendedor, inteligente y con un “excelente” currículo escolar. Su madre, por motivos de superación personal y profesional, lo abandona. Este hecho lo marca de manera significativa y lo lleva a una obsesión por buscar su interés y amor casi acariciando la trágica leyenda de Edipo. Es un personaje pasional, que desborda arrogancia y superioridad. Pese a que busca el amor y la aprobación materna se aleja del confort y la seguridad que ofrece su hogar para aislarse en su propio espacio personal, oscuro, tétrico y desamparado. Busca que lo comprendan y por ello se apoya en su profesora, a quien ve como un sustituto de su madre ya que comparten la pasión por las ciencias; al ver que ella no aprueba sus acciones ni reconoce sus logros, examina una revancha arrebatándole lo que representa el hogar para Yuko Moriguchi: su hija.

Shuya y Naoki son totamente dispares y diferentes entre sí. El primero con su currículum ejemplar se hace merecedor de la confianza y la legitimación de sus anteriores profesores. Constituye, por tanto, una representación paradigma del sujeto moderno en el espacio escolar. Naoki no tiene facilidades para acoplarse al ambiente ni tiene buenas notas y constantemente está envuelto en problemas por su carácter y desorden de personalidad. Por tanto, estamos experimentamos una premisa clásica: nadie está exento de cometer un crimen.

Entre Shuya y Naoki develamos dos diferentes rostros de la maternidad. Shuya es un alma que reclama la aprobación de su madre, quien representa el pasotismo, la irresponsabilidad y el abandono. Naoki, por su parte, está amparado por el excesivo amor de su madre, que trasborda a la sobreprotección, al amor ciego incapaz de reconocer los errores de su hijo y el dolor ajeno más allá de su círculo familiar.

Como contrapartida a esos personajes está Yuko Moriguchi. Ella es el alma taciturna que sufre el dolor de la pérdida de su hija por dos de sus alumnos. Se siente resentida, no acepta que los criminales salgan inmunes de sus actos solo por ser menores de edad. Por ello elabora un ingenioso plan contra ellos. Poco a poco, con un efecto dominó, logra que a los asesinos paguen por sus actos a través de sus propias acciones. Yuko representa la inteligencia, la justicia y el decoro, ella es ese bálsamo que expiará a las almas juveniles y culpables por medio del tormento psicológico. 

Hay en el cine japonés una singularidad atractiva que deviene del aprovechamiento inteligente y perspicaz de los elementos que conforman su cultura, filosofía e identidad. Por ejemplo, en Los cuentos de la luna pálida (雨月物語 – Ugetsu monogatari) su director Kenji Mizoguchi aprovecha el propio molde histórico para ensartar un relato emotivo y de un romanticismo plástico, enmarcado con ambiciones y sueños vanos y la felicidad como un espejismo ilusorio. Por su parte Nagisa Oshima en El imperio de los sentidos (愛のコリーダ Ai no korîda) aprovecha la riqueza artística y tradicional del shunga, subgénero de las bellas estampas japonesas ukiyo-e, para representar un erotismo poético que gira en entorno al sadomasoquismo y la búsqueda del placer mediante la dominación. La vengativa Sadako que nace en el filme Ring, también conocida como El Aro, (Ringu リング) de Hideo Nakata, es un yurei[1] inspirado en el folclor y la religión shitoista japonesa. En el caso de Confession, apreciamos conceptos básicos de la estética japonesa; dígase wabi, sabi, mono-no-aware, shibumi, sabishi, etc.

El filme es un experimento visual y sensorial. El montaje es audaz desde todas sus pericias. Enfoques en objetos específicos como un reloj, dotan de significados como el paso del tiempo o su retroceso. En ocasiones, como en este caso el reloj, se logra una exaltación de los conceptos estéticos japoneses. El reloj representa, en este caso, el wabi-sabi (侘・寂) un término que describe la belleza en los objetos que manifiestan el paso del tiempo, la impronta de su uso, la sencillez y lo humilde. La cámara expone espacios vacíos, caracterizados por su disposición minimalista. A través del montaje y los planos el director exhibe la belleza en la imperfección, el anhelo espiritual y la soledad.  Shibumi, Sabishi y Yugen son conceptos que se aplican al filme; Nakashima busca la belleza en aquellos objetos que en la vida cotidiana pasan por vulgares, prosaicos, célibes, austeros, inacabados e inmutables.

Mono no aware se entiende como “la tristeza de las cosas” y también como “la compasión por las cosas”. Es un concepto asociado a la transitoriedad de los elementos que nos rodean. Este concepto es clave en la película, aparentemente, marcada con un acento pesimista de la vida, la sociedad y la educación. Pero no por ello deja de disfrutarse el filme. Lejos de ser esa visión melancólica de la vida, impulsa al individuo a disfrutar al máximo cada suceso y sacar partido de las situaciones. Invita a reflexionar en la belleza de todos los objetos y en las acciones que rigen la conducta humana, bajo esa convicción taoísta que reafirma el constante flujo de cambio que experimenta la vida. Las flores de cerezo muestran esa trasmutación, el paso transitorio del tiempo; no se trata solamente de colocar un objeto-identidad de la tierra del sol naciente sino también de reafirmar el tránsito de la vida y su brevedad. El aware es el sentir humano, despojado de toda creencia religiosa y de todo patrón ético y moral. Es la piedad que sentimos cuando escuchamos o vemos cualquier acontecimiento, es la compasión hacia Yuko cuando vemos como la lanzan a la piscina, es el altruismo y la devoción que siente Mizuki (delegada de clase) cuando empieza a acercarse a Shuya aun a sabiendas del crimen que él cometió.

El filme manifiesta una total libertad en la manipulación del montaje. Retrocesos y avances en las acciones demuestran el manejo sobrio y eficaz en la película para hacer énfasis en los sentimientos de intriga y para lograr una pausa entre acción y acción y, de esta manera, no saturar al espectador.  El montaje vertiginoso es un manifiesto al mono-no-aware y la cámara lenta casi perezosa es el canto al wabi-sabi. La música dialoga con el movimiento del aparato fílmico y ayuda a acentuar el efecto psíquico del filme. Radiohead[2] y Boris[3] se escuchan al fondo y ocasiones producen un efecto claustrofóbico, convirtiéndose, así, en un elemento capaz de mantener al espectador enajenado a la trama.

La película economiza en el uso de colores. Imperan las tonalidades grisáceas, azules y el negro. El efecto es frívolo y heladizo y sofocante. Lo que se pretende es representar un halo pesimista, una negación de la vida misma, de sus propósitos y valor intrínseco; en resumen, un nihilismo existencial, que ya hace alarde con los personajes del filme.

El espacio connota la psicología del personaje. La escena de la azotea es irrumpida por la lluvia, mientras que Yuko habla sobre el dolor de la pérdida de su hija. El cielo se tiñe de rojo amenazando la muerte sobre uno de los personajes. Los espacios minimalistas, visto en los pasillos de la escuela, el cuarto de Shuya, son una concepción onírica, un canto a la soledad alimentada por la sociedad de consumo. La casa de Naoki aparenta una estabilidad y tranquilidad que parece irrumpida con la venganza de Yuko; mientras tanto la habitación se sumerge en un caos y desorden que demuestra el transito del personaje al borde del abismo.

Predomina el uso de primer y primerísimo plano, acompañados del zoom-in con desenfoques y enfoques en determinados objetos que denotan algún significado particular. La cámara muestra la muñeca tatuada de Mizuki dentro del frigorífico, con ello el espectador toma conciencia de que Shuya la asesinó. Se hacen enfoques en las manecillas del reloj, para hacer énfasis en el tiempo trasmutable, que Shuya quiere controlar. La burbuja explota en el oído representando la perdida de una figura de la infancia. Así, todo el filme es una secuencia de planos alucinógenos en pos de crear un relato fragmentario que roza con códigos del video-clip.

La película es un pretexto para mostrar a la decadencia del sistema educacional y la crianza de los niños en el seno familiar. Habla sobre la falta de valores éticos-morales en ambos sectores, apelando, sobretodo, al egoísmo y a la apatía.  La juventud vive en aislamiento, deshumanizada, sin perspectivas o propósito, sin apego a la vida. Sale a luz una crítica mordaz a los medios masivos de comunicación, el bullyng[4] y a la sociedad capitalista, donde el individuo pasa desapercibido en medio de la impersonal muchedumbre incluso para sí mismo.

Confessions está envuelta en un preciosismo absoluto; hay un canto referencial a la literatura de Gabriel García Márquez y su realismo mágico. Las emociones se traslucen en el filme, a través de los personajes y acontecimientos, que pueden ser reales. Las imágenes poéticas tan surrealistas pasan de lo fantástico, de lo irreal a lo cotidiano y común. Cuesta creer que exista tanta desinformación y tanta deshumanización. Es difícil pasar por alto que una clase guarde silencio sobre un asesinato, o sobre una supuesta trasmisión de VIH, o que un adolescente de 12 años asesina a sangre fría a una niña de 4. Sin embargo, en el filme se aborda con cierta tranquilidad y normalidad; sin suscitar emociones sino, más bien, expresándolas. Al final, la película es, ante todo, una actitud frente a la realidad.


[1] Los yūrei (幽霊) son espíritus que no pueden pasar al más allá porque algo le ata al mundo terrenal, puede ser un rito funeral incompleto, una traición, una venganza o cualquier emoción similar. 

[2] Famosa banda británica del rock alternativo

[3] Agrupacion japonesa cuya música transita en casi todos los subgeneros del rock, havy-metal y punk.

[4] Acoso escolar

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