¿Cine de adolescentes o cine para adolescentes?

Por Katheryn de Armas

La literatura juvenil romántica se ha convertido en uno de los booms mediáticos más exitosos de los últimos tiempos. Las adaptaciones cinematográficas de cintas como El diario de la princesa (2001) o Crepúsculo (2008) han dado lugar a un nuevo universo visual que construye su propia imagen de lo que ser adolescente representa.

A mediados de los 2000, Disney tenía el monopolio absoluto sobre el público adolescente, con producciones originales como Hannah Montana (2006) o Gemelos en Acción (2005). Estas series, a tono con el carácter de la compañía del ratón, transmitían una imagen edulcorada de los adolescentes, donde los problemas eran de sencilla solución y las parejas tenían finales felices sin grandes problemas. Sin embargo, esa ya no es la imagen imperante. Los nuevos adolescentes se identifican más con la tormentosa relación de Tessa y Hardin que con la doble vida de Hannah. After (2019), 50 Sombras de Grey (2015) o Crepúsculo hablan de otro modo de enfrentar la adolescencia (si bien es cierto en su etapa final). Ya no son los problemas escolares el centro de la acción, ni las aventuras con los amigos, sino que los problemas de pareja se vuelven el centro alrededor del cual gravita el mundo.

Fotograma de After (2019)

Si trazáramos una línea, iniciando con El diario de la Princesa, veríamos cambios radicales en el método de representación en pantalla. Problemáticas reales con las que los adolescentes lidian, pero que solían ser ignoradas toman ahora el protagonismo. La serie 13 Reasons Why (2017-2020), de Netflix es un ejemplo. Basada en la novela de igual nombre de Jay Asher (2007) pone de manifiesto temas como el suicidio, el bullying, las drogas y las relaciones interpersonales con el entorno familiar y escolar.

Es que el adolescente contemporáneo ya no se identifica con príncipes y princesas. La realidad posmoderna rompe esos límites e impone, aun dentro de la fantasía, un mayor realismo, eso sí, siempre de la mano de lo mejor del melodrama clásico, donde chico y chica (chico y chico o chica y chica, también son variantes de la fórmula) se encuentra, enamoran, separan por factores externos y terminan o juntos o con uno de los dos muertos (Bajo la misma estrella, 2014).

Imágen promocional de Bajo la misma estrella /The Fault in Our Stars (2014)

Hasta el ideal de pareja cambió. La heterosexualidad normativa que ha marcado más de un siglo de producciones audiovisuales a lo largo y ancho del globo ha dado paso a todo tipo de parejas, en ocasiones cayendo en mayores clichés. Netflix es una de las más afectadas, en su afán por representar todas las llamadas minorías, recurre a un solo personaje que suele ser negro/gay o latina/lesbiana, pero no es la única de las plataformas streaming en caer en caer en esto.

Pero la representación de sexualidades otras no ha sido el único cambio. Las llamadas “relaciones tóxicas”, definidas como una relación destructiva, que no es saludable y que a una de las dos partes o ambas, le está generando cierto daño o malestar, han tomado el control de la pantalla y no precisamente para alentar sobre los riesgos que supone. Se han vuelto el esquema a replicar para llegar a los adolescentes, desde Bella abandonando toda su vida y aspiraciones por una eternidad al lado de Edward, que la deja destruida, sin amigos y aislada de su familia tras su abandono; hasta Anastasia incursionando en un modo desconocido para ella, carente de experiencias previas en el plano sexual.

Es After, sin embargo, el máximo exponente de la idealización tóxica. Hardin destruye por completo a Tessa y lo que esta era antes de conocerlo. Hardin, que tiene problemas con el alcohol y un pasado traumático, del que necesita salvación antes de caer por completo al abismo, que es violento y usa a las personas a su alrededor, se vuelve de esta manera el ideal de miles de adolescentes influenciables que suspiran por él y por hallar, ya no al príncipe azul, sino al rebelde chico vestido de cuero, cubierto de tatuajes, que cambio el blanco corcel por la motocicleta.

Portada del libro y la película

Con el auge y representación del Movimiento Feminista, sería lógico suponer que las protagonistas de las novelas, posteriores películas o series, tendrían una mayor independencia o aspiraciones más allá del ideal romántico. Ojo, ser feminista no implica desdeñar el romance o la búsqueda del amor; pero la transformación/involución que sufren tras conocer a “su otra mitad” da mucho de lo que pensar, cuando personajes independientes y con expectativas en la vida, tiran todo por la borda para lograr la concreción del amor romántico.

Notable excepción es, quizás, la segunda entrega de El diario de la princesa (2004). En ella, Mia (Anne Hathaway) debe casarse para poder ser reina, según dicta la tradición. Mas en la ceremonia (que no es con el chico que al que ama), se enfrenta al consejo, logrando derogar la arcaica ley y reinar por su cuenta. Claro está, como toda producción bajo el sello de Disney, para el final de la cinta, elige salir con Nicholas (Chris Pine). La clave recae entonces en la elección, no debió casarse con un noble para gobernar, logrando mantener su independencia como monarca, para con posterioridad, ganar al chico al que ama.

Imágen promocional de El diario de la princesa / The Princess Diaries (2000)

La literatura es y será una fuente inigualable de inspiración. El cine, en su carácter, llega a un gran público a la vez. Es entonces una alianza lógica y, por supuesto, siempre serán historias populares, que cuentan con su propio fandom, las que serán plasmadas, en un intento de minimizar las perdidas.

Los adolescentes, en su búsqueda de un lugar de pertenencia e identificación, necesitan de producciones destinadas específicamente para ellos, de las cuales se sientan partícipes. Mientras los jóvenes muten, mutara la representación y surgirán, cada vez más, nuevos tipos de productos, con personajes distintos, que interactuaran de modos otros con su entorno y lo que los rodean.

Fotograma A todos los chicos de los que me enamoré (2020)

Que el cine (y la televisión), deban buscar la calidad de las historias que deciden plasmar es una realidad, pero como todo negocio, debe asegurar, ante todo el beneficio económico que le pueda traer. A final de cuentas ¿de qué sirve una gran historia, si a nadie le interesa?

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