De vuelta al ataúd

Por Gretchen García

Difícilmente exista alguna criatura mítica más representada que el vampiro, un ser sumamente sexualizado que encarna la máxima representación de los placeres terrenales del cuerpo, la satisfacción de los sentidos por medios físicos y el culto de lo hedonista. Precisamente este simbolismo es lo que ha convertido al vampiro en un lucrativo negocio, no solo cinematográfico sino también literario.

La presencia de los vampiros en el séptimo arte puede remontarse a los primeros años del género cinematográfico, a la época del cine mudo. Casi siempre son adaptaciones de obras literarias; por tanto, su representación esta sugestionada a la mente de un escritor. Sin embargo, a través de las películas es más fácil ser testigo de una evolución en su representación cultural, que va desde un Drácula escalofriante hasta un adolescente con problemas de identidad. Pero, no nos adelantemos.

Hasta los años 30 el tema era apenas una nota al pie de página. Un monstruo utilizado en películas B, cuya presencia era más notable en Europa que EEUU. Probablemente la película Nosferatu, eine Symphonie des Grauens / Nosferatu, una sinfonía del horror (1922) sea, por excelencia la que resuma las características de este subgénero en su momento y el primer film relacionado con la historia original de Bram Stoker: Drácula.

Fotograma de Nosferatu… (1922)

Con esta película se labró la reputación del mito del vampiro hedonista que convirtió la cinta en uno de los máximos exponentes del expresionismo alemán. No solo por estar rodada en escenarios naturales, sino por el énfasis en la representación de una criatura demoniaca con rasgos y deseos humanos. La cinta de Friedrich W. Murnau, enfatiza en el tema del vampirismo como enfermedad y no como condición de ser. La película introduce la idea del sol como debilidad de los vampiros (elemento no presente en la novela de Stoker) y de manera involuntaria añadirá una nueva cualidad al mito del vampiro que ha sobrevivido hasta nuestros días.

No sería hasta 1931 cuando la compañía Universal Studios, produce la película Drácula, basada en la versión teatral de la novela de Bram Stoker. No es la primera adaptación de la obra del irlandés, pero sí la más importante en su momento. A diferencia de las anteriores cargaba con un romanticismo más explícito.

La misma no solo resumía muchas de las características del vampirismo que se mantendrían en los próximos años, sino que comenzó el fenómeno cinematográfico y que lo convirtió en un subgénero de culto. La película, por primera vez, representa a la mítica criatura como un sex symbol gracias a Bela Lugosi, quien interpreta al conde Vlad Tepes. El actor inmortalizó la icónica representación cultural del vampiro en una imagen de un seductor aristócrata vestido en traje, con una amplia capa, peinado hacia atrás y maquillaje en los ojos.

Bela Lugosi en el papel de Conde Drácula (1931)

Según el programa Cinescape, conducido por Bruno Pinasco, Drácula es el segundo personaje de ficción más representado en el cine y la TV solo superado y a veces igualado por Sherlock Holmes. El icónico vampiro está presente en más de 200 películas, protagonizando más de 40 adaptaciones de la novela de Bram Stoker, siendo considerado como el máximo símbolo del terror.

El vampirismo ha sido utilizado profusamente en el cine de terror, no cabe duda, siempre acompañado con tintes eróticos. Con el paso de los años la creatividad se expande y una curiosidad -¿morbosa?- atrapa a los espectadores. A Drácula se sumaron otros personajes, igualmente icónicos como Carmilla, basada en la novela de Sheridan Le Fanu. Estas películas estaban marcadas por el erotismo, principalmente en torno al lesbianismo de la condesa vampira.

Fotograma de Vampyr (1932)

Hasta 1958 se mantiene la imagen del elegante aristócrata. Es entonces cuando llega Hammer y lo cambia todo. Sería Christopher Lee, quien tome el relevo del conde vampírico (en más de 10 ocasiones). Es entonces cuándo el erotismo se representa más explícito, la violencia más marcada y… los colmillos más evidentes.

Aunque cueste creerlo, hasta el Drácula de Lee los colmillos eran apenas un sutil -muy sutil- elemento decorativo y casi normales o humanos. La idea de morder y mostrarlo tan explícito, acompañada de ingredientes como el exceso de sangre y ojos rojos son los aportes de la británica cinta de 1958. La cual devendría en varias secuelas y remakes, dado su éxito cinematográfico.

Christopher Lee como Drácula (1958)

Los vampiros tradicionales, incluso aquellos con un aura sombrío y misterioso como el Drácula de Bela Lugosi o de Christopher Lee, eran muertos vivientes, que o bien regresaban por un acto de venganza o simplemente mataban por placer. Sin embargo, dejaban en el espectador un margen para su propia fantasía.

Se podía decir que, el concepto cinematográfico de vampiro, no estaba del todo definido el término. El propio público de esta época lo sabía. Faltaba un detalle que la tecnología de la época no lo hacía posible; un elemento imprescindible que se obvió pero que estaba muy presente en la literatura: la Sangre.

¿Qué es la sangre para un vampiro? … Todo.

Por supuesto, resulta difícil apreciar su simbolismo en una película en blanco y negro y muda. En este sentido, los avances del cine ayudaron al subgénero del vampirismo en gran medida. Gracias al sonido y la aparición de la tecnología Technicolor es más fácil entender el mito.

Fotograma de Drácula (1931) Béla Lugosi y Helen Chandler

La sangre no es solo su sustento o el vehículo de la inmortalidad, es el equivalente al semen masculino, a la vida y al sexo. De ahí el poder de seducción y de lograr que la víctima sienta placer cuando la muerde.

En las próximas décadas el cine de vampiros se independizó de la novela literaria. La mayoría de las producciones eran argumentos originales y por supuesto, adaptaciones de Drácula, Frankenstein, Carmilla, etc.. No es hasta los 90 que se aprecia un cambio de rumbo y una revolución en cuanto a la adaptación de la novela de temática de vampiros en el cine.

La década de 1990 fue un período de renacimiento para el cine de vampiros, destacando dos icónicas adaptaciones: Bram Stoker’s Dracula de Francis Ford Coppola e Interview with a Vampire / Entrevista con un vampiro, basado en la saga de Anne Rice; la misma supuso un regreso del estilo gótico. Si bien, durante los 70 y 80 persistió una temática más bien centrada en el terror, los 90 retoman el mito romancista.

En efecto, el Drácula de Gary Oldman, era malvado, pero también romántico, mítico y …con estilo. Los 90 cimentaron la idea del vampiro como mito sexual, sugerente, peligroso y, en ocasiones, atormentado.

Por su parte con Anne Rice y sus Crónicas Vampíricas, llega un boom de la temática tanto cinematográfica como literaria. Pasan de ser criaturas del terror a ser seres inmortalizados que buscan los placeres terrenales. Pese a que sus vampiros son por esencia, impotentes, sentían embriaguez con la sangre y el éxtasis de los otros sentidos (el tacto, los ojos o los oídos). De ahí el especial interés de la autora por la apreciación de las artes. De esta forma nos muestra a una nueva casta de seres en la que, simultáneamente, convive el horror y el placer sexual, pero logrando la complicidad del espectador.

Etiquetar Entrevista es…complicado. Muchos dirían que romántica, posiblemente por la presencia de Brad Pitt, Antonio Banderas y Tom Cruise. Pero la realidad es que dista mucho de su versión literaria. Más allá de la edad de dos de sus personajes, la película te vende la inmortalidad como una bendición; cuando en los libros es precisamente lo contrario.

Obviando las cuestiones entorno a la adaptación, la versión cinematográfica de Anne Rice permitió la representación máxima de la humanización del Vampiro sin dejar a un lado su metáfora y mito. Asimismo explota temas como la ambigüedad sexual y la psicología freudiana.

Sumándose a este fenómeno tenemos la serie juvenil: Buffy Cazavampiros, creada por Joss Whedon. En ella apreciamos una de las primeras representaciones del romance humana/vampiro. No era una adaptación, solamente una serie más de las muchas producciones juveniles de temática paranormal. Pero, la relación de la protagonista con el vampiro, Ángel, se convertiría en un referente de un boom literario del romance paranormal posterior.

La llegada del XXI trae consigo una buena carga de literatura romántica vampírica, que lleva la influencia de la década del 90, especialemnte de Buffy… Siendo los primeros tres lustros el boom de los bestsellers de este subgénero. Destacando autoras como Poppy Z. Brite, Stephenie Meyer, Charlanes Harris, L. J. Smith, Richelle Mead, Christine Feehan…

En esta generación, la novela de temática vampírica está acompañada de una fuerte carga erótica y el tema de la inmortalidad deviene en ser la inmortalización de la belleza eterna y el felices para siempre. De ahí que la representación más usual es la relación Vampiro (él)/Humana (ella).

La llamada Generación Z introduce un vampiro desprovisto del horror y los rasgos montruosos que lo acompañaron tradicionalmente para ser un joven físicamente atractivo, introvertido y con un pasado turbulento.

Por su parte la protagonista es una joven tímida, sumida en los libros, torpe y siempre en situaciones que requieren ser salvada por su vampiro. En cambio. la representación de la mujer vampiro es el estigma de la femme fatale, una mujer muy atractiva, en contraposición a la protagonista, que amenaza con ser su oponente por el interés amoroso.

Cerramos el cuádruple con el conflicto del vampiro: un joven, generalmente de otra raza, ya sea humana o sobrenatural (Hombre lobo o werewolf) que, no solo se convierte en el mejor amigo de la protagonista, sino que aparenta ser la elección más correcta en cuanto a relación amorosa o de amistad.

De esta forma tenemos la trama de las adaptaciones más famosas del siglo XXI tanto en pantalla chica como en el cine. Dígase Crepúsculo / Twilight, Diario de un Vampiro / The Vampire Diaries y True Blood / Sangre Verdadera.

El fenómeno es sumamente criticado, sobre todo porque son una completa fantasía de lo que aparentemente, el mercado cree que añoran las mujeres, o mejor dicho, las adolescentes.

Que esta nueva generación casi siempre implica a los adolescentes en estas tramas románticas no es sorpresa. Puede ser por la juventud eterna o simplemente para lograr una conexión más fuerte con este potencial público. Por supuesto, las averías de auto, dilemas familiares, suicidio por amor, identidad sexual y los comportamientos autodestructivos, no ocupan la agenda de un adolescente normal.

Ninguno de estos protagonistas consume sangre humana, ninguno explota al máximo el placer sexual que le atribuyen a su especie. El mito tras el vampiro se pierde en clichés, romances, bailes y adolescentes. Aquellas criaturas que reinaron el género de terror perdieron no solo su capacidad de generar miedo sino su validez simbólica; para convertirse en un humano inmortal y poderoso que consume sangre para sobrevivir sin necesidad de matar.

El nuevo vampiro come ajos, supera el sol, y solo enfrenta los problemas típicos del ser humano. ¿Dónde está Drácula? ¿Dónde está Camille? ¿o Mina? Definitivamente no en Edward, Bella o Victoria; o cualquiera de los personajes masculinos o femeninos de estas sagas. El vampiro del siglo XXI dista tanto de su homólogo del siglo XX que no sabemos si es el mismo. El romance paranormal influyó en el cambio de su representación y la decadencia del mito. La saturación de novelas e historias de adolescentes aún no ha cesado y se hace cada vez más común que el vampiro reniegue su condición y se focalice en su humanización.

Portadas de Crónicas Vampíricas, de Anne Rice

Quizás el mito sobreviva con Rice, aunque los últimos libros muestren una decadencia literaria. Quizás las próximas adaptaciones en pantalla retomen el simbolismo del vampirismo tal y como lo logró Coppola o, simplemente, quizás, es hora de que Drácula tome un descanso.

Fuentes Bibliográficas

Holte, James Craig: Dracula in the Dark: The Dracula Film Adaptations. Greenwood Press, 1997.

Perez, Adolfo: Cine de Vampiro. Ediciones Masters, 2012.

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