Romances de fantasía. El amor no siempre es puro.

Por: Katheryn de Armas


La pureza de los géneros es una falacia de la modernidad. Hablar de un solo género en la convulsa vida posmoderna es la más loca de las elecciones, el romance ha pasado a estar presente en películas de todo tipo y nacionalidad. Los límites de la realidad han sido rotos de igual manera, la fantasía y lo paranormal resulta cada vez más interesante, mientras los monstruos (vampiros, hombres lobos y criaturas de todo tipo) se vuelven más y más atractivos.

Hablar de romance o mejor, de películas románticas en la actualidad supone entonces definir una de dos líneas principales, realistas o no realistas. Donde las dramáticas y lacrimógenas adaptaciones de obras de Nicholas Sparks o Federico Moccia dan paso a productos con menor o igual carga dramática, pero donde seres inexistentes se vuelven uno o ambas partes de una relación.

Libros de Federico Moccia que han sido llevadas a la pantalla

El boom que supuso Buffy la caza vampiros a finales de los 90 volvió a los vampiros y demás criaturas la fantasía de cientos de adolescentes impresionables. Adaptaciones como Crepúsculo o True Blood no hacen sino reafirmar al vampiro como una criatura atormentada que necesita ser salvada por las características redentoras de la protagonista. Sin embargo, este texto no analizará el fenómeno de los vampiros en la pequeña y gran pantalla, sino esas producciones que toman otros elementos, igualmente fantasiosos, para estructurar su historia, siempre alrededor del romance.

Incluso cuando el romance no es el centro de la historia, ni está pensando para un público femenino (enfoque principal del género romántico en la literatura), aparece en cientos de producciones pertenecientes a otros géneros como una subtrama. Es que, incluso tras la más épica de las batallas, el joven héroe (o heroína) necesita de alguien que lo espere en casa o salga a la lucha con él. Los sacrificios se hacen en nombre del amor y se recurre a cualquier estrategia para mantener a la persona amada a salvo. En Harry Potter, Harry (Daniel Radcliffe) deja a Ginny (Bonnie Wrigth) cuando la guerra está a punto de estallar para protegerla pues no sabe si sobrevivirá y Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson) confiesan sus sentimientos tras destruir un Horrocrux.

Pero no es el único caso, ejemplos sobran: las bodas del final de El señor de los anillos, de Peter Jackson; Percy (Logan Lerman) y Annabeth (Alexandra Daddario) en Percy Jackson, que perfila una relación posterior en el tiempo desde la primera cinta… No todas son bellas relaciones sin embargo, resulta imposible olvidar que el desencadenante de las acciones de Juego de Tronos es el amor. Robert (Mark Addy) ataca a los Targaryen por el secuestro y asesinato de Lyanna Stark (Aisling Franciosi), su prometida a manos del príncipe heredero; o la enfermiza relación entre Cersei (Lena Headey) y Jaime Lannister (Nikolaj Coster-Waldau).

Es que el amor no está circunscrito a las relaciones puras o socialmente permitidas. Las relaciones inter especies, como Tyler (Michael Trevino) y Caroline (Candice Accola) en Diario de un vampiro son una metáfora de estigmas aún existentes referentes a las relaciones interraciales o entre miembros de distintas religiones. A la larga, la fantasía otorga a los creadores una mayor libertad de acción. Todo está permitido, si al final, son criaturas de ficción. ¿Qué importa que unos hermanos estén juntos, si la ciudad puede ser destruida por un dragón gigante?

Cientos son los títulos y las relaciones, algunas adoradas por el público, otras totalmente detestadas. Hacer un listado sería imposible. Desde el más puro primer amor de los ya mencionados Percy y Annabeth hasta las tormentosas relaciones de los personajes de Cazadores de Sombras, donde Clary (Katherine McNamara) y Jace (Dominic Sherwood) pueden o no ser hermanos; Alec (Matthew Dadddario) y Magnus (Harry Shum Jr.) que deben enfrentar no solo las trabas de una relación homosexual, sino también los problemas con la ley que sus razas suponen (los cazadores no deben involucrarse con los subterráneos).

Imagen tomada de Internet

Pero siempre hay un deje de esperanza para el espectador, que sueña con un romance de fantasía, donde el príncipe se transfigura en un monstruo, pero conserva su belleza, atractivo y sex appeal. La monstruosidad ya no se traduce en apariencia. Las actitudes redimen a los sin alma y los colocan en un pedestal de perfección. Los errores de conductas y crímenes se justifican en sus características no humanas. Para la heroína (y la espectadora engatusada), el pasado no es importante e incluso un resbalón puntual es ignorable. Eso sí, debe estar dispuesto a amarla incondicionalmente (aunque a veces se permiten excepciones, nunca bien vistas) y ser capaz de renunciar o hacer que renuncie a todo por ella.

Ahí radica la principal diferencia entre un romance de fantasía y una fantasía con romance. En la primera, donde caen películas como Hermosas Criaturas o Crepúsculo, el amor es el hilo conductor de la trama. En la segunda, el amor puede ser un detonante, pero siempre hay una épica superior, una misión a lograr. Divergente, Harry Potter, Percy Jackson y los Dioses del Olimpo caen todas en esta clasificación.
Este fenómeno provoca que la elaboración de una terminología y la definición de un tema se complejicen. Pero es que, si bien resulta necesario a la hora de venderlo a un público específico, la utilización de las terminologías en la posmodernidad resulta restrictiva e innecesaria.

Imagen promocional de Hermosas Criaturas (2013)

A la hora de hablar de amor hay que tener cuidado. Se pueden desatar grandes batallas cuando los personajes, más aun si son sacados de la literatura, no son fieles a la esencia o la relación luce forzada. Las características propias del cine, breve en comparación con un libro, puede provocar desastres como lo ocurrido con Ginny y Harry (Harry Potter) o Simon (Alberto Rosende) e Izzie (Emeraude Tobias) (Cazadores de Sombras). Como todo, la representación del romance de fantasía pasa por la subjetividad del espectador, que se debate entre el gusto o el odio total. Difícilmente hay medias tintas. No cuando se trata de amor. A menos, a ojos del público, que es quien termina teniendo la última palabra.

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