Tokyo Blue y la melodía incompleta.

Por: Gretchen García


Atrapar el lirismo y el aderezo de Haruki Murakami no es tarea sencilla y se apreció en la adaptación de su novela Tokyo Blue. Esta fue llevada a la pantalla por el director vietnamita Anh Hung Tran en el año 2011 en Japón.

La trama parte con nuestro protagonista llegando a Hamburgo. Mientras espera en el aeropuerto, ponen una pieza de The Beatles: Norwegian Wood, misma que nombra la novela de Murakami. Con la melodía y la nostalgia rememora su época de estudiante, en Tokyo a finales de los 60 y su relación con dos mujeres.

Pese a su intento de ser fiel, las emociones brillaron por su ausencia y la película quedó como un cascarón vacío. A pesar del evidente esfuerzo por realizar una película que hiciera justicia a la novela de Murakami, la tarea le quedó grande.

Sin ahondar mucho en la obra literaria; es necesario aclarar que la obra de Murakami aborda un realismo lírico casi surrealista. Sus obras son por lo general abstractas y bailan alrededor de la crisis de la identidad. Con Tokyo Blue (en lo adelante se utilizará el título internacionalmente más conocido) fue un paso más allá. La novela es descaradamente romántica, erótica y, quizás, la más realista de su obra.

La premisa se basa en colocar el sexo y el suicido como única respuesta a la incertidumbre de existir. Pero la película perdió por completo la brújula. La esencia de la novela se pierde en una cinta sumamente cargada de escenas sin sentido con obvios textos directamente tomados de la novela.

Fotograma Tokyo Blue (2011)


Tran Anh Hung logró un producto con una calidad visual increíble. Desde luego la película resaltó por su fotografía y en menor medida dirección artística. Pero incluso para aquellos no familiarizados con la obra literaria de Haruki Murakami, se apreciaba una ausencia de todo y al mismo tiempo de nada. Como si los elementos se colocaran sin razón y los diálogos simplemente pasaran como si de texto literario se tratara.

La cuestión radica en que adaptar un texto no se reduce a diálogos o trama. En este sentido fallan las mayorías de las adaptaciones. El éxito de una adaptación está en retratar la naturaleza del libro. Haruki Marakumi lo caracteriza una prosa con una textura marcada por la serenidad y lo minimalista. En su Tokyo Blue, es precisamente como escuchar un eterno Norwegian Wood (This Bird Has Flown) / Madera noruega (Este pájaro ha volado), con su exótica instrumentación marcada por el folk y blue.

En cambio, la película es casi caótica, al intentar abarcar tanto su ritmo es un poco frenético en determinados momentos o demasiado lento. La película utiliza una paleta de colores frío con predominancia de los azules y grises, lo cual ayuda a acercarse al estilo del autor. Pero la escala de iluminación denota una imagen plástica y poco realista, contraproducente a la obra y cuya funcionalidad es incoherente. Incluso separando la película de la obra, dicha iluminación no cumple ninguna funcionalidad conceptual o dramatúrgica más allá de lograr un atractivo a los ojos del espectador.

La propia fotografía es engañosa, los planos son atractivos, ricos y demuestran un dominio de la cámara. Pero cuando aplican los colores que, de momento brillantes y de la nada oscuros, es casi un choque visual. Dista mucho de intentar crear el estado anímico del personaje protagónico, quien vive durante toda la historia una eterna angustia e incertidumbre de no saber lo que realmente siente. El resultado es un preciosismo plástico nada intenso.

Fotograma de Tokyo Blue


Los personajes podían haberse trabajado más. Poco pudo hacer un actor de renombre como Kenichi Matsuyama con un guion pobre y una dirección actoral sin rumbo.

Más allá del protagonista, el atractivo estaba en las dos féminas, los dos amores de Toru. Dos mujeres que son la contrapartida de la otra. Precisamente la novela orbita alrededor de estas diferencias y la belleza de las imágenes debería estar en pos de este atractivo. De resaltar la peculiaridad de cada una, como si del sol y la luna, la vida y la muerte se tratasen. Las protagonistas de la película estaban llenas de clichés y su diseño dramatúrgico estaba muy influenciado por el cine hollywoodense. Ni Midori ni Naoko llegan en toda su plenitud en la pantalla. Simplemente no cuajan.

Asimismo, se perdieron muchas referencias musicales, que podían haberle aportado más peso emocional a la película. La banda sonora pecó en todos los sentidos. Lejos de aplicar el efecto Murakami y hacer referencia no solo a la icónica Norgwegian Wood de The Beatles sino a las piezas cuidadosamente mencionadas por el autor en su obra; el director vietnamita optó por una partitura clásica e instrumental. Un intento de lograr una imagen de refinación y clasicismo cinematográfico. El efecto era aburrido para la mayoría de los espectadores, y particularmente con el final centrado en el personaje de Naoko, incoherente a la trama.

No se niega que, formalmente, es un filme correcto, atractivo visualmente con un aire académico. Sin embargo, incluso para aquellos que no han leído la obra de Murakami estaba exceso en contenido y simplemente no ahonda en las premisas del amor, la muerte y la juventud. Es que, Tokyo Blue habla de madurar a través de la perdida de la inocencia física, mental y espiritual, y también, habla del amor, la amistad y el sexo. Mientras tanto la cinta se remite a hacer un relato erótico.

Pero la catarsis llega cuando el final de la película rompe completamente con la esencia del libro, lejos del tono melodramático del texto, la película impone un falso happy end esperanzador.

El misterio y el suspense se ausentó por completo. Donde la obra de Murakami no explica los hechos, la película ahonda en ello. Las motivaciones de los personajes que nunca se justifican en la novela quedan respaldadas con un exceso de información y diálogos. Entonces, parte de la genialidad de la obra literaria se pierde en esta ausencia de incertidumbre emocional.

Tokyo Blue (2011)

Demasiado tecnicismo e intentos de ser más y más, llevó a la película a ser una adaptación escasa de emociones y autenticidad. Aunque Tran Anh sabe jugar con la elipsis visual, su intento de fidelidad terminó en una pobre imitación pesarosa. Tristemente, la parsimonia y la ausencia total de emociones resultó en una película de naturaleza muerta.

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