La adaptación cinematográfica. Entre el mito y lo prohibido.


Por Gretchen García

Allá por la década de 1940, cuando predominaba el clasicismo hollywoodense y el montaje ideológico de Eisenstein, André Bazin se levantó en defensa del neorrealismo italiano alegando que el cine debía ser, en esencia, realista.

Cómo uno de los teóricos más influyentes del panorama cinematográfico, es objeto de estudio en la historia del cine para el análisis del cine de posguerra, el montaje y la crítica cinematográfica de la modernidad.

No se niega que sus aproximaciones son un tanto desordenadas y a veces contradictorias, muchas de ellas basadas en sus propias dudas y en demostrar que el propio cine es incoherente consigo mismo.

Además de ser uno de los fundadores de la revista Cahiers du Cinéma, publicó una colección de textos críticos, recopilados mas tarde en cuatro volúmenes titulados: Qu’est-ce que le cinéma?

Una lectura de su obra magna, ¿Qué es el cine? Y específicamente del texto en cuestión: A favor de un cine impuro demuestra esta apreciación.

Portada del libro Qu’est-ce que le cinéma? de André Bazin

El padre de la crítica moderna define el cine como el arte de lo real, puesto que su capacidad de captar la realidad lo permite. Basa su teoría en una premisa: la fotografía, antecesora y base del séptimo arte. A partir de esta tesis Bazin elabora una serie de postulados, donde establece que el montaje debe ser abstracto y que el poder del cine radica en revelar lo real. De manera que, la maestría radique en que se dé por sentado que lo captado sucedió en realidad.

Para André Bazin el cine es el arte por excelencia que engloba lo mejor de todas las manifestaciones y las resume en una. Tiene el poder de llegar al alma y las emociones, pero para lograrlo debe hacerlo desde la naturalidad, lo minimalista y lo intrínsecamente realista.

Era consciente que con las herramientas, facilitada por la tecnología, el cine es capaz de crear una ilusión que para el espectador es real. Por supuesto esta prédica baziniana está influenciada en un momento de posguerra y la llegada de la Nueva Ola Francesa y el Neorrealismo Italiano.

Bazin apoyaba los filmes con un enfoque realista apelando a lo natural y sencillo. Lo que él denominaba cintas sobre una «realidad objetiva», que engloban documentales y filmes de la escuela del neorrealista italiana. Tomando como referencia a esta última defendió el cine de autor ya que, a su juicio la película debía representar la visión personal del director.

Andre Bazin. Imagen tomada de Internet


Llegados a ese punto muchos discrepan y cuestionan la teoría bazinciana. Pero la misma va más allá de su postura sobre el realismo, el montaje prohibido y la profundidad de campo.

Uno de sus textos más aplaudidos es A Favor de un Cine Impuro, donde defiende la tesis que toda adaptación cinematográfica debe estar libre de las ataduras de su base literaria o teatral. Para muchos cineastas es difícil discrepar con esta postura. El valor del arte y por supuesto del cine, está en la libre representación y la perspectiva personal.

La adaptación, para Bazin, no es un ejercicio perezoso, como lo consideraba la crítica de su momento. Ni supone la impureza del cine en todos los sentidos. La literatura es un recurso y un pozo de argumentos. A falta de ideas originales, una alta demanda y una escandalosa influencia popular, el cine necesita recurrir una y otra vez a la literatura. En este sentido, Bazin defiende la utilidad de las adaptaciones, aunque afirme que, prefiera las películas originales. Por supuesto es una cuestión de época. Al fin y al cabo, no hablamos de los mismos públicos.

A diferencia de los años 40, donde el cine empezaba a dar sus primeros pasos en la tecnología del Technicolor y el sonido, hoy en día la experimentación está en los efectos especiales. Las posibilidades de representación tan realistas e infinitas influyen en una creciente demanda de adaptaciones literarias y de cómic, que no existía en el siglo XX, donde se defendía por encima de todo la originalidad. Por supuesto en las últimos décadas del XX  destacaron grandes producciones como El Padrino, Bram Stoker’s Dracula, Blade Runner, El nombre de la rosa, por solo mencionar algunas, que demostró el éxito de la adaptación tanto en el público como en la crítica. Y valga la redundancia que la originalidad cinéfila-artística no recaía en la fidelidad literaria.

Imagen promocional de El Padrino

Todo es una cuestión de recepción. Donde, antes la crítica se levantaba por la poca originalidad de los filmes adaptados y su impureza como artes; hoy en día es cuestionado por la poca fidelidad de las obras con su base literaria. ¿Hay algún punto medio?

Según Bazin la imitación del cine a la obra literaria es el equivalente del Neoclasicismo al Renacimiento y a su vez de este a los griegos. Por tanto, es a todos los efectos un cine impuro. Un recurso vergonzoso y poco original. Sin embargo, defiende este tipo de producciones alegando que la literatura y el teatro suponen una escuela para el joven cine, que en esos momentos apenas tenía medio siglo de existencia. Además, la adaptación abre la posibilidad de una creación casi infinita de producciones cinematográficas para el entretenimiento público.

Todo gira en torno a la difusa dicotomía fiel/infiel en torno a la adaptación cinematográfica que tanto debate abre entre públicos y especialistas. En esta línea Bazin plantea dos cuestiones: Funcionalidad y Originalidad. Aunque no lo parezca ambas relacionadas entre sí.

Portadas de libros llevados a la pantalla


Primero que todo, Bazin defiende la autonomía de la película sobre la obra literaria, en tanto la película tiene más valor estético en la medida que destaque por su originalidad sobre el texto literario. Sin embargo, enfatiza la funcionalidad de la adaptación como escuela de aprendizaje a la hora de construir argumentos. De la misma forma que la fotografía sirve de base técnica, la literatura y el teatro funcionan como un pedestal conceptual.

Agreguemos a ello un elemento sociológico: el cine es la manifestación más popular en un tiempo donde la mayoría de las artes más antiguas solo son visionados por un sector cultural específico e intelectual. ¿Cuántos pueden afirmar haber leído La Ilíada? En cambio… ¿Cuántos han visto Troya? El cine beneficia e influye a el teatro y la literatura, de la misma forma que la estas manifestaciones influyen en su éxito. Todo es un proceso de retroalimentación.

Cabe preguntarse, ¿Para qué hacer una adaptación de la saga Harry Potter si basta con leer los libros? Para las productoras es toda una cuestión de ganancias económicas. Para la literatura es ganar lectores. Para la autora es reconocimiento y ganancias por derechos de autor. Y así, ganancias, ganancias… Pero ¿qué es para el cine como producto artístico? Nada, simplemente…un cine impuro ? Y ¿Qué es para el público? Sin importar que tan buena sea la producción en dirección, actuación, edición, etc.; la mayoría de los lectores negarán la superioridad de la adaptación sobre la original… lo que lleva al eterno debate: ¿Cuál es mejor el libro o la película?

Imagen tomada de Internet

Se había mencionado que una de las claves más importante para Bazin era su defensor del cine de autor (entiéndase como director/guionistas). Las adaptaciones no deben escapar de este modelo cinematográfico. El hecho de expresarse en términos de (im)pureza desde un texto original no debería restarle originalidad. Pero para ello debe renunciar a ser del autor literario para ser del autor cinematográfico.

Bazin creía sobre todo que el cine una era expresión tan personal como la literatura o la pintura independientemente de que buscara inspiración en otras manifestaciones. Sin embargo hoy en día el público no lo ve así. En muchas ocasiones, el éxito de una adaptación reside en la fidelidad del libro. De ahí que muchos se esmeran en recalcar las emociones de los libros. Precisamente para Bazin, el error radica en el simple verbo de adaptar. Por mucho esfuerzo que el director o el guionista ponga, nunca un libro será fiel a su base literaria, en tanto son formatos artísticos diferentes que apelan a diferentes sensibilidades.

La película debe construirse desde lo que aborda, desde la idea de inspiración pero no la idea de la adaptación. En el momento en que la idea se transforma en guion, la novela adaptada deja de ser del escritor para tener el sello del director que lo lleva a la pantalla. Aquella adaptación fiel y rigurosa no es de un director sino del propio escritor. Por tanto, supone una renuncia a su estilo e identidad y a sí mismo. Nada bueno puede salir de estas producciones.

Se sabe que la novela literaria funciona en parámetros diferentes a los del cine y que la fidelidad de una adaptación no determina un éxito cinematográfico. Sería iluso pensarlo. El cine no se desarrolla en las condiciones en las que subsiste la literatura o el teatro.

La novela tiene medios propios y su base son las palabras y para el cine todo se reduce a la imagen y el sonido. Pero seguimos cayendo, una y otra vez en el mito de la fidelidad y este no va a desaparecer.

Imagen tomada de Internet

Téngase en cuenta que la propia fidelidad es un espejismo, como plantea Robert Stam. Todo es una cuestión de recepción. Un lector A tiene una visión sobre la lectura de un libro diferente a la de un lector B, en tanto un lector C adapta al cine la novela mediante una férrea subordinación de la película a la novela. Pero la versión de C, es diferente a A y B.

Volviendo al discurso de Stam, hablamos aquí de una contraposición de discursos receptivos en tanto el valor subjetivo de cada espectador radica no en la adaptación sino en la perspectiva literaria. De la misma forma, no es posible hacer una traducción palabra por palabra en un texto literario; porque cada idioma tiene su idiosincrasia y para ello es necesario una búsqueda de equivalencia y estilos, a partir de la imaginación.

Independientemente de la fidelidad o no en una adaptación, o incluso decir que la película vino después que el libro; los grandes éxitos cinematográficos basados en literatura son gracias al libre albedrío del creador sobre la obra literaria manteniendo el espíritu y no la letra de la obra.

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