De cuando el Joker se volvió Scorsesiano

Por: Gretchen García

Desde su debut, en el Festival Internacional de Cine de Venecia, donde ganó el primer premio, Joker de Todd Phillips ha despertado una gran tempestad. Las críticas han circulado en todos sus matices, desde las más elogiadoras hasta las más tajantes; en ellas se debate el supuesto potencial para inspirar actos de violencia, el brutal nihilismo nietzscheriano e incluso el ser fascista o izquierdista.

La misma actuación de Joaquín Phoenix está llena de críticas que tiran para ambos lados, ¿Forzada? ¿Inverosímil? ¿Espectacular? E incluso opinan que ni supera ni iguala a Heath Ledger, quien también interpretó al icónico villano en la saga de Batman de Christopher Nolan.

Fotograma de Joker

El personaje de Arthur Fleck emerge como un marginado social, con una enfermedad mental crónica y aspiraciones para la comedia. Su vida se hunde cada día más en una ciudad que comparte su naturaleza oscura y nihilista: Gotham City.  A ello suma el constante rechazo social, la humillación y discriminación al que se enfrenta diariamente. En estas circunstancias solo necesitará un clic para dejarse abrazar por la oscuridad.

Durante sus primeros compases, Joker es sumiso, receloso y manejable. Al adquirir un arma de fuego comienza a sentir un poco de control, en su vida y sobretodo confianza. En efecto, es un personaje evolutivo.

La historia cambia su rumbo cuando Arthur se convierte una vez más en el objeto de agresión y burla, pero esta vez él puede defenderse. Saca su arma y dispara exaltado a sus atacantes. Su actuación es impresionante, se aprecia como en el acto de defensa deja salir todas las frustraciones represiones y amarguras. Este punto de giro está inspirado en un tiroteo en el metro neyorquino a mediados de los ochenta. Pero, evitando el enfoque racista, en lugar de ser cuatro adolescentes de raza negra, son tres ejecutivos caucásicos. Sin embargo, Phillips no omite el hecho de que su protagonista lleva dentro la misma oscuridad sádica y homicida que su referente real: porque tras disparar a los dos primeros ejecutivos en defensa propia, Arthur ejecuta al tercero a sangre fría. Es un detalle importante, no solo condiciona todo lo que viene a continuación, sino que baña a la película en códigos semióticos visibles en cada interacción del Joker. 

Fotograma de Joker

Es curioso porque la película lo refleja de una manera tal que el espectador llega a simpatizar con él, pese a su naturaleza sádica. Esa inquietud entre simpatía y repulsión es una de las cosas más honestas y apreciativas de Joker.

Phillips retrata la naturaleza oscura y lúgubre de New York para representar la Gotham City de Batman. La película se proyecta con un aspecto sucio, poco iluminado, y tétrico, especialmente en el hogar miserable de Arthur.  De esta manera la metrópolis se convierte en una segunda naturaleza de Joker, claramente reflejando el nihilismo y la indiferencia. Sin embargo, Arthur no encaja en la sociedad; es invisible, incomprendido e incluso temido. La realidad es que esa ciudad y su relación con el personaje protagónico devienen a ser una radiografía perfecta de nuestra sociedad. Es la tesis que Joker repite de forma continua y rayando a la obviedad.

A medida que se visualiza el film el referente scorsesiano se antoja como un capricho, específicamente de la mítica cinta Taxi Drive. No es solo Robert De Niro como un presentador de programas de entrevistas al estilo de Jerry Lewis en The King of Comedy de Martin Scorsese; es también reafirmando la tesis sobre la necesidad de lograr la justicia con sus propias manos y a través de la masacre y la violencia.

Joker reafirma la tesis de Nietzsche desde la inspiración en Taxi Driver, cuando abraza los impulsos más nihilistas y destructivos, pasa de la impotencia a convertirse en una figura amada y odiada al mismo tiempo, pero obtiene el reconocimiento que le ha faltado. Con el tiroteo el álter ego de Arthur –el payaso- se convierte en ese símbolo de justicia y la violencia y el caos se desata en las calles de Gotham.

El caos se desata en la ciudad, pero también en la vida de Arthur. Las mentiras y los secretos de su madre salen a la luz, su ídolo lo convierte en objeto de burla y su interés amoroso era solo una ilusión proyectada en su mente. Arthur vuelve a colapsar ya que está atrapado en su propia naturaleza. Entonces ocurre nuestro segundo punto de giro: Arthur se esconde dentro del refrigerador. Es una escena crucial porque se arrincona como manera de obligarse a pensar qué es lo que debe hacer y quien debe ser. Cuando sale ya no es Arthur Fleck sino… el Joker, el Guasón, el asesino…

Es un renacimiento, donde pasa de ser el co-dependiente, autodestructivo, sumiso y marginado a un hombre con confianza, poder y emancipación. Tal y como reafirmaría Nietzsche: el hombre es solamente un paso hacia el superhombre; que es el hombre fuerte, el hombre dominador, el hombre ególatra que se enfrenta con Dios.

Fotograma de Joker

Los planos juegan a generar una constante incomodidad en el espectador ya que tienden a ser aletargados y a la vez rítmicos y audaces.

No solo la imagen, sino también los efectos sonoros que empujan al espectador a sentir a flor de a piel la sensación de incertidumbre y opresión del protagonista. A veces se abren paso a silencios prolongados que se tornan insoportables, y luego aparece una música cadenciosa y melancólica.

En la película se aprecia en determinados momentos que el actor improvisa un baile. En un comienzo, Arthur tiene dos formas de bailar. Cuando trabaja, en su personaje, sus movimientos, aunque divertidos, son mecánicos y forzados; pero cuando baila por voluntad son movimientos performáticos lentos, pausados y poéticos que sacan a relucir su condición física enfermiza, pero a medida que transita el film sus movimientos se vuelven más audaces y rítmicos y culminará de una manera liberadora en un baile bajando las escaleras.  Esta deviene a ser una alegoría incorporada para representar lo empinada que es la ruta de Arthur para ser alguien “normal”. Su rostro cansado y frustrado, el ritmo pesado y lento al subir; hace contraste cuando Arthur finalmente acepta lo que es, lo vemos por primera vez descendiendo la escalera, esta vez, bailando con estilo e improvisado. Si en un comienzo bailaba con alegría y movimientos forzados y mecánicos como una marioneta o una danza lenta y tímida, aun no consiente de sí mismo; en este punto, en las escaleras Arthur abandona la idea de encajar, y sencillamente busca su propia ruta que se acomode a lo que él es.

El resultado es que la película ha obtenido el León de Oro en el 76º edición del Festival Internacional de Cine de Venecia y alcanzó 11 nominaciones en los Premios Óscar, ganando Joaquin Phoenix en Mejor Actor, entre otros galardones. Su actuación quizás, no se compara con el Joker de Heath Ledger; pero, eso sí,  se mueve en otro registro. El film no es ambiguo ni está sobrevalorado, es una película ingeniosa y experimental. No hablamos de un personaje de cómic o una fantasía tentadora para abrazar el nihilismo; hablamos de un film con muchos méritos desde la óptica semiótica y el análisis técnico –cinematográfico, con una actuación mérita y llena de improvisaciones y un lienzo poético donde se esconden la honestidad, el sadismo y la crudeza del ser humano.

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