See you, Space Cowboy

Del western distópico al neo-noir jazzeado

Por: Senén Alonso Alum

No pretendo morir, solo quiero descubrir

si realmente estoy vivo.

Spike Spiegel

La angustia finisecular de cada centuria parece desdoblarse (¿síntoma postmodernista?) entre la nostalgia por una estética remota, vintage, y la suposición especulativa sobre un porvenir más o menos cercano. El auge noventero de las ficciones retrofuturistas –cyberpunk cuasi-distópico, steampunk de factura victoriana– motiva la asunción del anacronismo como un procedimiento narrativo habitual, mixturando imaginarios epocales, renovando sus códigos de representación. Envuelta por el ecumenismo estilístico de la década, Cowboy Bebop (1998) alude a nuestro pasado visual y sonoro desde una fecha pendiente, venidera.

Cowboy Bebop

   La serie de Shinichiro Watanabe (1965), un éxito nipón cristalizado por los estudios Sunrise y Bandai Viusal, vaticina la colonización del sistema solar, al tiempo que descubre un planeta Tierra desolado, post-apocalíptico. Según el trasfondo argumental de la pieza, una catástrofe cósmica ocurrida durante el año 2022 decreta el rumbo de la sociedad humana, funda una suerte de distopía terrestre que acelera la “conquista” de las estrellas.

   La malograda edificación de una puerta hiperespacial, a medio camino entre nuestro planeta y su satélite natural, termina por desatar una explosión de proporciones galácticas. Así, la consecuente fragmentación de la Luna deviene amenaza constante para los terrícolas, sobrecogidos por una interminable lluvia de meteoritos, reducidos a la sobrevivencia mendicante bajo tierra. Ya en 2071, casi medio siglo después, cuatro cazarrecompensas y su mascota procuran no morir de hambre mientras conviven en la Bebop, nave-tablado que acoge cada conflicto, cada reconciliación entre sus tripulantes.

   Compuesta por 26 episodios autoconclusivos[i], la serie sigue de cerca las andanzas de este singular conjunto, pintoresco en su composición etaria, étnica, sexual. Spike Spiegel conforma junto a Jet Black una defectuosa dupla de bounty hunters, supervivientes agónicos de este “salvaje oeste” que se esparce más allá de las nubes. El primero, antiguo miembro del sindicato criminal Red Dragon, se empeña vanamente en distanciarse de su pasado, incisivo y persecutor; el segundo, un ex-policía de anatomía semi-robótica, despliega una paternidad instintiva sobre sus compañeros de viaje, de caza.

Fotograma de Cowboy Bebop

   Alentados por el azar concurrente que late bajo sus peripecias, los personajes conciben al interior de la Bebop un contexto (¿favorable?) para la confluencia de identidades sugerentes y exóticas. Este catálogo de caracteres completa su nómina con Faye Valentine, una ¿joven? y sensual mujer que (sobre)vive en huida perpetua, signada por una enorme deuda, maldecida por un nebuloso recuerdo de su juventud; Ed, un/una/une hacker de apariencia andrógina y actitud despreocupada, especialista en desmontar la seguridad de cualquier engranaje informático; y Ein, un pequeño perro aparentemente ingenuo, pero apto para comprender la “humanidad” de sus camaradas.

   A lo largo de su carrera artística, Watanabe-sensei ha desplegado ciertas pautas de estilo reconocibles, inmutables en su multiplicidad.[ii] La mixtura genérica, acaso el más representativo de sus mecanismos ficcionales, deviene concepción nuclear para su obra, recurso que atraviesa toda la puesta en escena de Cowboy Bebop. El aliento nostálgico del western permea el atrezo emocional de la pieza, exhibiendo una galaxia sórdida y desaliñada, revelando un héroe taciturno, de voluntad peregrina.

   Un eco en clave neo-noir se deja escuchar desde el opening, homenaje audiovisual que evoca la estética “James Bond”, prefigurando otros artificios del género como la presencia urbana de sombras, grises y planos cercanos. El cine de artes marciales, por su parte, es reverenciado en el combate cuerpo a cuerpo, en su coreografía estilizada y en el exotismo de los escenarios pugilísticos: la azotea de un edificio que se desmorona, el interior de una iglesia de fachada gótica, entre otros.

   La intervención musical no se limita a la distensión del argumento, no se detiene en el leitmotiv temático. La vitrola de Watanabe-sensei se nutre de sonoridades occidentales, recupera con frescura clásicos del mundo anglosajón. Una cadencia jazzística preside el soundtrack de la serie, imprimiéndole a la trama un acento introvertido y melancólico, muy a tono con la tentativa existencialista que circunda a los personajes. Igualmente, el título de los episodios alude a canciones celebradas por el público internacional (Sympathy for the Devil, Toys in The Attic, Bohemian Rhapsody), así como a tendencias y géneros (Asteroid Blues, Heavy Metal Queen).

   Esta disposición rítmica, melodía que favorece la introspección, acoge con soltura el tratamiento de tópicos intelectualmente agudos. Desde la insignificancia humana ante la vacuidad indeterminada del cosmos, barniz nihilista que sobrecoge al espectador; pasando por la (de)construcción del presente mediante las deudas, amenazas y lagunas del pasado; hasta desembocar en la futilidad de la vida “corpórea”, rechazada en favor de una “espiritualidad” virtual que subsiste en la Red, todo cabe en el universo acelerado de Cowboy Bebop.

   El asentamiento humano en el espacio, ese avance fundador a través del sistema solar, parece contribuir a la difusión de las costumbres terrícolas. La emigración es la causa mayor que estimula la marcha del explorador, la posibilidad de una mejora en sus condiciones de vida. Aun así, esta ocupación estelar no supone un desarrollo equilibrado de las fuerzas productivas. Antes bien, agudiza las contradicciones de clase, dilata todavía más la brecha socio-económica que se cierne sobre la humanidad.

Fotograma de Cowboy Bebop

   Los sujetos desplazados llevan una mochila abarrotada de costumbres, preferencias culturales y vicios deshonestos, licenciosos. Con su viaje/despedida/éxodo emprenden, casi sin notarlo, una contagiosa transmisión de hábitos y prácticas que hace de la galaxia, simplemente, un planeta Tierra de gravedad mudable, inconstante. Así, la condición post-apocalíptica de Cowboy Bebop se revela premonitora, abundante de verdades contemporáneas proyectadas en el futuro. Este resulta, sin dudas, el acierto mayor de Watanabe-sensei.


[i] Con la notable excepción de “Jupiter Jazz 1” y “Jupiter Jazz 2” (capítulos 12 y 13), así como “The Real Folk Blues 1” y “The Real Folk Blues Part 2” (capítulos 25 y 26).

[ii] Véase, además, Samurai Champloo (2004-2005), una delirante aventura que mezcla bushido y hip hop a partes iguales.

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