Una distopía consumista o la pasión de WALL-E

Por Senén Alonso Alum

Hay suficiente en el mundo para cubrir las necesidades
de todos los hombres, pero no para satisfacer su codicia.
Mahatma Gandhi

La puesta en escena del fin del mundo, así como la recreación intuitiva del entorno resultante, han sumergido a los creadores en una suerte de aventura profética, oficio de oráculo. El apocalipsis asume todo tipo de empaque: la catástrofe natural (Armageddon, 1998), la intervención alienígena (La guerra de los mundos, 2005) e incluso la expansión de una pandemia “zombificadora” (The Walking Dead, 2010-Act). Aun así, no son muchos los contextos postdiluvianos que dialogan con la responsabilidad humana tras el cataclismo, relegando nuestro protagonismo al papel de sociedad-mártir, sociedad-víctima.

WALL-E (2008) es una cinta animada que desprende madurez intelectual, se aparta de convencionalismos temáticos y nos invita a subsanar la sostenibilidad de nuestras costumbres. Dirigido por Andrew Stanton[ Responsable de Bichos, una aventura en miniatura (1998), Buscando a Nemo (2003) y Buscando a Dory (2016), así como co-guionista de Toy Story (1995), Toy Story 2 (1999) y Monsters Inc. (2001).], el filme cosechó excelentes resultados en crítica y taquilla, siendo considerado por muchos especialistas el mejor largometraje de todo el año. Tuvo seis nominaciones a los premios de la Academia[ Sin tomar en cuenta el galardón recibido: mejor guion original, mejor banda sonora, mejor canción original, mejor edición de sonido y mejor sonido.], aunque finalmente solo “mereció” el lauro a “mejor película de animación”. Asimismo, alcanzó una nota de 96% en Rotten Tomatoes y una puntuación de 94 sobre 100 por parte de Metacritic, sitios referenciales en la recopilación de reseñas.

Fotograma de Wall-e

En cuanto al argumento, el protagonista homónimo parece ser el último ejemplar de su modelo. La Tierra lleva más de siete siglos deshabitada y la humanidad se esconde (¿se descubre?) más allá de las estrellas, signada por su existencia rutinaria, maquinal. WALL-E recolecta diariamente los deshechos de generaciones anteriores, desanda (¿disfruta de?) su árido ecosistema mientras acomete su misión ambientalista, atenuante para la contaminación. Asistido por una carismática cucaracha que disimula cualquier calamidad (clima, derrumbes y polución), el héroe deviene bastión terminal del ecologismo humano. Así, la inercia de sus costumbres se ve interrumpida por EVA, una enviada (¿ojeadora?) de la sobrevivencia.

Amplificando la nostalgia de los anuncios avejentados que abarrotan las calles, la voz mixturada de Barbra Streisand y Michael Crawford nos remite a épocas de optimismo, haciendo de la pieza Put on your Sunday clothes un leitmotiv alentador y estimulante. Aun así, las toneladas de basura que pueblan el planeta alertan sobre una dolencia actual, hiperbolizada por el cine para una comprensión más “sensorial” del asunto. Sin incurrir en proselitismos de tipo político, WALL-E configura una censura sagaz a la sociedad de consumo, a su incapacidad para la auto-sustentación.

Fotograma de Wall-e

De igual forma, el mimetismo conductual, la barbarización de la cultura y el despilfarro de los recursos naturales son tópicos referenciados en el metraje, coherentes con la violencia del mercado libérrimo. La película edifica un resultado potencial para la ingenuidad (¿negligencia?) a la hora de establecer distinciones entre “consumo” y “consumismo”, según los definiera el filósofo Douglas Kellner. El primero, un uso apropiado y placentero de las mercancías; el segundo, un estilo de vida volcado hacia la posesión y adquisición desordenada de bienes. Siguiendo esta línea, WALL-E funda un espacio para la crítica respecto de la monopolización exagerada de la(s) industria(s).

Buy-n-Large (BnL) resulta el epítome de las mega-corporaciones modernas, concentra bajo su señorío el destino de la civilización. Al interior de la sociedad del comercio, las transnacionales fabrican en el mercado sus lealtades, equiparando urgencia y frivolidad en cuanto a su relevancia social. La nave Axioma abandona la Tierra en 2115, ocupada por seres humanos y preparada para un exilio transitorio, provisional. BnL planea “higienizar” el mundo durante la ausencia de sus habitantes, pero la inutilidad/indolencia/arrogancia de su líder impide la consecución de este objetivo. El darwinismo económico ha victimizado a los eslabones más sólidos de su propia cadena.

Fotograma de Wall-e

A pesar de todo lo anterior, WALL-E se muestra carismático y festivo, susceptible de lograr la empatía del espectador. La configuración de su cuerpo y el oficio que desempeña, así como su actitud jovial ante el entorno distópico que lo circunda, conforman una tríada de rasgos distintivos y atrayentes. De este modo, nuestro protagonista ha desarrollado una sensibilidad singular, conducido por la melomanía hollywoodense de Hello, Dolly! (1969), impulsado por su irrefrenable curiosidad.

Así, WALL-E ha cultivado un síndrome de Diógenes que lo convida a la recolección, atesoramiento laborioso de objetos “exóticos”, dispares: un cubo de Rubik, una lámpara incandescente e incluso un sostén constituyen reliquias en su refugio. Pero, sin lugar a dudas, la peculiaridad más destacada del robot recae sobre su ímpetu afectivo, la intensidad del sentimiento profesado hacia EVA. De hecho, esta relación vertebra todo el esquema narrativo de la cinta, conduce la sinergia de cada peripecia hacia un desenlace conveniente, acaso demasiado happy ending.

Fotograma de Wall-e

La lectura más sugerente de la obra, quizás, proviene de su simbología cristiana. Desde la denominación escogida para el interés amoroso del protagonista, consecuente con su rol de romance-bálsamo para la soledad; pasando por la semejanza bíblica entre la nave Axioma y el Arca de Noé, último(s) reducto(s) de una humanidad sentenciada a “empezar de nuevo”; hasta desembocar en el martirologio redentor que asume el protagonista durante los compases finales del filme, cualquier semiótica religiosa cabe bajo el guion de Andrew Stanton.

WALL-E nos predica sobre amor, naturaleza y hogar. Agrupa toda conducta anti-humana en el modus vivendi de los habitantes del Axioma, automatizados por su existencia artificial, subyugados por su propia tecnología. Nos revela que la constancia (intergaláctica) vale un beso, que de un árbol sí puede nacer un bosque y que, definitivamente, no hay lugar como el hogar. WALL-E se instituye como una oda a la felicidad sostenible, al tiempo que reafirma –no tengo pruebas, pero tampoco dudas– la inmortalidad de las cucarachas.

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