Hay cine más allá de Hollywood: la animación queer fuera de Estados Unidos.

Por: Katheryn de Armas

Cuando se piensa en cine, televisión y animación, Estados Unidos y la industria del entretenimiento hollywoodense son lo primero que salta a la mente, seguido de Europa, comúnmente más asociada a producciones más refinadas y artistas en oposición al comercialismo norteamericano. Lo común es entonces obviar toda la producción asiática, africana y latinoamericana.

Se considera que Blancanieves y los siete enanos es el primer largometraje animado, obviando cintas como El apóstol y Las aventuras del Príncipe Achmed, una argentina y la otra, alemana y dirigida por una mujer.

De El apóstol no se conserva la cinta, pero de Las aventuras… si, más allá de su valor artístico, realizado de manera exquisita recurriendo a la técnica del papel recortado (una de las subtecnicas que componen el stop motion), cuenta en su historia, a la altura de 1926, con una escena que nos sirve para el análisis y el tema que nos proponemos.

Si a la altura de 2022, con todo el progresismo existente, una escena de un «beso» de apenas dos segundos de duración entre dos mujeres casi causa una nueva revolución, sería interesante ver lo que ocurrió en el estreno de Las aventuras… donde un emperador y su escribano mantienen una relación sexual explícita. Claro, en ese momento, antes del estreno de Blancanieves… la animación y el cine, no eran productos para niños, el uso de métodos animados simplemente permitía una mayor libertad artística y de creación, en un cine que estaba surgiendo y que contaba con amplias limitaciones técnicas.

El estreno de Blancanieves más que ayudar a la animación en su carrera por la legitimación, provocó su estancamiento, los dibujos animados sustituyen al término de animación en la mentalidad del público y pasa a ser un producto para los pequeños de casa y para ellos es impensable mostrar nada que fuera en contra de la recia moral puritana norteamericana y Disney se volvió el ideal a replicar.

A lo largo del globo surgieron compañías de animación que intentaron replicar, con más o menos éxito, la fórmula de dulzura, romance y final feliz de Disney. Son pocas las excepciones y casi todas surgen en la segunda mitad del siglo XX: Estudios Ghibli en Japón, Will Vinton (actualmente Laika) en Estados Unidos e incluso, los estudios de animación del ICAIC y del ICRT en Cuba, con producciones de corte histórico como Elpidio Valdés y Papobo. Pese a ello, la homosensualidad, que va más allá de la representación explícita y visceral de la sexualidad y que es un modo de arte, está lejos aún de aparecer.

Pero ya es hora de dejar de hablar de producción mainstream, en plena primera ola del feminismo y revolución sexual, las mangakas japonesas deseaban que los personajes de sus novelas fueran más que simples amas de casa y secretarias, por lo que recurren a las parejas homosexuales para poder diversificar los roles dentro de la misma. De este modo, el yaoi y con él, las fujoshis aparecen en el panorama otaku de Japón.

El yaoi y el shonen ai no son variantes del hentai, no se centran en la relación sexual explícita, aunque está suele estar presente, sino que fija la atención en la relación romántica entre dos chicos, siempre cargado de un aura erótica extrema; a este siguió el yuri, donde la relación se da entre dos chicas.

Muchas son las facetas que el yaoi y el yuri abarca, desde la típica historia de descubrimiento de la propia sexualidad, con las luchas intrínsecas que trae consigo y la aceptación o no de la familia, como en el caso de las series ambientadas en el mismo universo Challengers y Koisuru Bokun, teniendo la segunda dos OVAS (Original Video Animation) o sea, una producción audiovisual animada.

Títulos como Given, Banana Fish, Yuri on Ice, Love Stage (mi primer encuentro con el yaoi), Hitorijime my hero, Junjou Romantica, Sekaiichi Hatsuoki, Gravitation, Loveless, Hybrid Child, Konohana Kitan, Happy Sugar Life, Akuma no Riddle, Sakura Tricks, Citrus, Kanamemo, Sasamekikoto, Aoi Hana, Strawberry Panic, Kanamewo, Noir, Mai Otome y otros miles muestran una conjunción entre historias y géneros que reafirman que la animación es un vehículo de comunicación, no un género en sí misma.

Entonces, ¿por qué en Japón, con las rígidas normas sociales imperantes si y en el país de las libertades (Estados Unidos) no? Cómo se entiende que Japón transmita en televisión dos parejas del mismo sexo y en América se horroricen por un simple saludo. La respuesta podría estar en la comprensión que de la animación cada uno de los países hace, Japón regula que se transmite y como se muestra su sexualidad, pero comprende que cada género dentro de la animación está destinado a un público específico y este no siempre es infantil; Estados Unidos, por el contrario, mete a la animación toda en un mismo saco y establece que es un producto para niños y por ende, los niños están siendo adoctrinados, aunque no del mismo modo que la religión lo hace.

En resumen, es una cuestión de comprensión de la esencia de las cosas, en Japón no es agenda mediática, yuri y yaoi cuentan con un amplio y fiel público, incluso fuera de los límites geográficos; mientras que en Estados Unidos al momento se entiende como inclusión forzada o intento de forzar a los niños a ser queer.

Solo haré una última pregunta, ¿si un simple beso en un producto de animación volverá a una niña lesbiana, como es que, al día de hoy, siguen existiendo personas que pertenecen a la comunidad LGTBQ+?

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