Miyazaki bajo la lupa

En cierto modo, esta es la esencia Miyazaki, las historias se vuelven excusas en función de transmitir un mensaje. Excusas bien contadas y bellamente estructuradas, con una animación exquisita, pero excusas a la larga, donde San y Ashitaka, protagonistas de La Princesa Mononoke son solo un vehículo para hablar de las consecuencias de la guerra y la contaminación. Para Miyazaki hay una cosa clara, si bien el mensaje es importante, este no puede, en ningún momento, alejarse de la forma y ambos tienen que ser explotados de un modo inteligente.

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Lerman se apropió del papel desde el inicio, pero el guion no lo acompaño en todo momento. Su primera escena, original de la cinta, lo muestra en el fondo de una piscina, aguantando la respiración por un prolongado periodo de tiempo, levantando sospechas en el espectador, que, aun sin leer el libro, sabe que hay algo raro. Lo mismo ocurre con el momento de descubrimiento de su padre celestial, su pelea con Clarisse (personaje que no aparece en la primera entrega pero que es interpretada por Leven Rambin en la segunda) es eliminado, pues desde el inicio se sabe que es hijo de Poseidon. Pese a todo, las características centrales del personaje, tanto físicas como psicológicas se mantienen y fue tanta su aceptación que los fanáticos piden su selección como el nuevo Poseidon en la serie en la que Disney + está trabajando.