Mulan: Honor, China y Occidente.

Uno de los elementos de mayor importancia a lo largo de la cinta es la superstición. Es el grillo de “la suerte” de la abuela el que mete a Mulan en líos con la casamentera. Los ancestros, que son presentados como personajes visibles, envían a Mushu tras ella y es él el que desencadena la serie de eventos que causan que sea finalmente descubierta. Esta religiosidad suele estar asociada a los pueblos asiáticos, que suelen vivir sus religiones (budismo, sintoísmo y corrientes como el confucionismo) como una parte importante de la vida y suelen tener los ancestros, sus enseñanzas y su honor como un motivo de respeto. Por supuesto, en este caso está pasado por un filtro occidentalizante que permea no solo la concepción de la misma, sino que, y remitiéndome al final de la película, los mismos celebran el regreso de Mulan trayendo honor a la familia con música occidental y coloridos y motivos que no se asocian con las festividades chinas.

Como ser una princesa y no casarse en el intento.

En este caso, la princesa es un personaje que se patenta como una representación de la máxima feminidad. Su cualidad de noble la eleva en rango social al de otras mujeres y a diferencia de la reina posee juventud. Desde los primeros cuentos, la princesa es el epitome de la belleza y la elegancia. Por tanto, es la figura que representa lo que se aspira ser por parte de las niñas.

La Sirenita: una historia de amor a lo burgués

Ariel simboliza lo más puro y bello de la adolescencia. Los principales motivos de acción para ella son protagonizados por el amor hacia Eric. Ella forma parte de una realidad idealizada con historias potenciadoras de lo moralmente correcto. Mientras la sirenita es hermosa, esbelta, delgada, pasiva, alegre, con ojos grandes, labios voluminosos y rasgos sumamente delicados; Úrsula, es una bruja, mala porque sí, de mediana edad, fea, con aspiraciones de poder.